Se dice que estamos en la época dorada de la gastronomía japonesa en Madrid. Si hace algo más de una década solo podíamos degustar sushi y gyôzas (o dumplings) sintiéndonos en la exclusividad, hoy el repertorio se ha ampliado, y han llegado desde Japón a nuestra mesa platos igualmente auténticos y más asequibles como el okonomiyaki (ya hablamos de él en otra entrada) y el ramen. Este último ha generado verdaderos adictos en España y otras partes del mundo. De modo que si vamos al Barrio de las Letras de Madrid, partiendo desde Neptuno y siguiendo la “Y” que forman las calles Prado y Carrera de San Jerónimo, encontraremos tres muestras representativas de este plato de fideos gruesos con caldo contundente, sabroso y japonés al cien por cien, eso sí, con su toque de autor. Uno de esos restaurantes es ICHIKORO, que tuve el honor de visitar hace unos días. Ichikoro se encuentra en la calle Echegaray, un lugar céntrico y bohemio que antaño fue terreno exclusivo (en lo que a japoneses se refiere) del veterano Donzoko.

©María Jesús López-Beltrán

Ichikoro es fruto de la ilusión del empresario japonés Toshio Matsushima por traer platos diferentes de la cocina japonesa a España, país en el que vive actualmente y por el que siente un gran cariño. El plato estrella es el ramen. Para acometer este proyecto ha contado con el apoyo incondicional de su esposa, Susanne Bund, y el talento del chef Takeshi Okayama. Susanne, aparte de ser el segundo par de ojos de Toshio, es la responsable de la decoración del local (incluidas las fotografías en blanco y negro sobre la pared, que son suyas). Ichikoro tiene un aire de fábrica de los viejos tiempos convertida en club de amigos, gracias a su clara iluminación y mobiliario ligero que persiguen un óptimo uso del espacio, un poco reducido para tratarse de un restaurante. A pesar de ser pequeño, sus techos altos, las luces blancas y la colocación de guirnaldas luminosas de colores en algún punto, lo hacen un lugar agradable para estar.

©María Jesús López-Beltrán

 

Entrando en materia. Hace unos días fuimos a cenar, y reservé mesa para dos parejas y tres niñas. Al entrar, una de las camareras nos recibió y enseguida nos condujo a la mesa. He de observar que el número de camareros (yo conté cuatro) era muy adecuado para un restaurante de siete mesas que, a las 9 de la noche, comenzaba a llenarse. Pero sobre todo, destaco la gran amabilidad del personal. La camarera resolvió todas nuestras dudas sobre los platos que queríamos probar, e incluso nos hizo sugerencias sin forzarnos.  La atención, de principio a fin, fue excelente. Junto a las bebidas, que consistieron en dos copas de vino, una jarra de cerveza y refrescos para las niñas, nos obsequiaron con una tapa de berenjena encurtida muy rica, que en Japón se encuadra en un tipo de platillo denominado tsukemono. Un primer gran detalle.

©María Jesús López-Beltrán

Para el sector infantil tomamos la determinación de elegir un plato muy simple y fácil de comer. Nos aconsejaron karaage, porciones de pollo frito, de los que las niñas dieron cuenta con rapidez y cierto entusiasmo. Los mayores no lo llegamos a probar pero, a juzgar por el resultado de platos vacíos, les gustó. En cuanto a los adultos, nos dejamos aconsejar y trajeron para empezar un plato de tapas variadas japonesas, que incluían bocados como edamame (habas de soja hervidas con sal), tamago-yaki (tortilla japonesa), un par de gyôzas, ensalada de alga wakame y dos bricks de gambas con salsa dulce. Este entrante era más adecuado para dos que para cuatro adultos y al mismo tiempo un poco elevado de precio para un par de comensales, pero en cuanto a elaboración tenía su interés.

©María Jesús López-Beltrán

El segundo entrante llegó por sorpresa, un regalo para nosotros por ser nosotros: buta no kakuni. Un plato que consiste en dados de carne de cerdo guisada, tierna y gelatinosa por ser la parte del vientre, y que va aderezada en salsa de naranja con granos de pistacho y brotes de puerro. A mí, que no me gusta nada la carne, me pareció el “momentazo” de la cena. Absolutamente delicioso. Por favor, probad el buta no kakuni de Ichikoro.

Buta no kakuni. ©María Jesús López-Beltrán

Vamos a los principales. Los hombres se decantaron por el tantan-men, que es ramen en un caldo de pollo picante al que se añade cilantro como opción. Ellos fueron a por todas, y lo pidieron con cilantro. Junto con el plato se les entregó un bol con semillas de sésamo para espolvorear. Os podréis imaginar que el ritual dio algún que otro momento divertido:

 

Al terminar, yo les pedí su opinión. Ellos dictaminaron: 8,5 sobre 10. Sobre todo para el caldo, sabroso y picante, ma non troppo. Lo recomendarían.

Tantan-men. ©María Jesús López-Beltrán

Mi amiga se decidió por el tori soba, fideos de trigo sarraceno con caldo de pollo, huevo y verduras. Por mi parte, la más vegetariana del grupo, pedí mazesoba vegetal, fideos sin caldo salteados con verduras variadas y un toque de lo que parecía lima y cilantro. Habíamos pensado en compartir ambos platos entre las dos, pero mi compañera se entusiasmó tanto con su tori soba que al final yo solo lo probé un par de veces. Los fideos estaban perfectos, en su punto, y el caldo, sabroso y a la vez equilibrado en sal; en definitiva, muy bueno, aunque no tiene la personalidad del tori niboshi ramen que probé en Tokio, y que sé que Ichikoro ha servido alguna vez.

Tori Soba. ©María Jesús López-Beltrán

En cuanto al mazesoba, para el que se usa una pasta especial, cuadrada y de grano más duro, a mí me encantó. Resulta una experiencia curiosa comer ramen sin caldo y hay que tomárselo con calma, pero la mezcla aromática y delicada de las verduras presentes en el plato hacen que este mazesoba merezca ser probado, tanto por vegetarianos como por quienes no lo son. Muy bueno.

Mazesoba vegetal. ©María Jesús López-Beltrán

Al terminar estábamos todos repletos, así que evitamos los postres. Pedimos té verde y cafés. Pero una vez más, las chicas de Ichikoro nos tentaron, y probamos el sorbete de yuzu. Obviamente no a todo el mundo le gusta el sabor cítrico, pero lo recomiendo; es súper refrescante.

Sorbete de yuzu. ©María Jesús López-Beltrán

En resumen, yo definiría esta cena con tres palabras: sencilla, abundante y esmerada. El ramen estaba hecho a conciencia, sin saltarse pasos, bien hecho. La atención, de diez. El ambiente es agradable y el precio es proporcionado, sobre todo en el ramen. Yo estaba muy contenta por la experiencia y me interesé por conocer al chef, Takeshi Okayama. Este tuvo la gentileza de salir de la cocina, y pudimos darle las gracias por su buen hacer, que se había traducido esta tan buena experiencia. Trasladamos nuestra satisfacción a todas las camareras, que recibieron con alegría nuestra opinión. Y ¡adelante foto!

El chef Takeshi Okayama (segundo por la izquierda) y dos camareras del restaurante, de negro. A todos les estamos agradecidos. ©María Jesús López-Beltrán

Creo que Ichikoro tiene un camino por delante que es prometedor. Quizá se eche en falta un local más grande y cálido, pero eso vendrá con el tiempo. También se agradecería tener disponible, aparte de la carta, un menú cerrado para los días entre semana. En todo caso, creo que de seguir en esta línea de calidad e introduciendo nuevas sorpresas como el kakuni, Ichikoro se convertirá en un ramen bar de referencia en la capital.

©María Jesús López-Beltrán

Nuestras siguientes visitas a este local, en Instagram 

ICHIKORO

Calle Echegaray, 11 – 28014 (Madrid)

Precio medio en Carta: 25 euros/ persona

Reserva (preferible)

Sitio web

 

 

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