150 AÑOS DE RELACIONES ENTRE JAPÓN Y ESPAÑA. LUCES Y SOMBRAS (I)

En 2018 se cumplirán 150 años desde que Japón y España reanudaron sus relaciones diplomáticas en un contexto moderno, tras más de dos siglos de sakoku o “cierre de puertas” en el Japón de los shôgun Tokugawa. El País del Sol Naciente, inmerso en profundos cambios que llevarían a la restauración Meiji, comenzó a abrirse al mundo occidental, y el 12 de noviembre de 1868 Japón firmó con España el primer Tratado de Amistad, Comercio y Navegación. Con motivo de este 150º aniversario, van a tener lugar en España (gracias a la Embajada del Japón y otras instituciones) importantes actos conmemorativos. Hoy comenzamos la primera parte de un análisis crítico sobre cómo han sido en realidad estos 150 años de relaciones entre los dos países. Hablaremos en esta ocasión del Tratado de 1868 y de sus consecuencias reales para España y Japón en los años que siguieron.

 

Japón dialoga con Occidente. España busca su Tratado

El proceso de apertura de Japón comenzó con la llegada, en julio de 1853, de los “barcos negros” del marino norteamericano Perry a la bahía de Tokio. Matthew Perry llevaba consigo una carta del presidente de EEUU y varios regalos para el gobierno del shôgun. Aquella misión, de sesgo más coercitivo que amistoso, culminó el 31 de marzo de 1854 con la firma del Tratado de Paz y Amistad entre los Estados Unidos de Norteamérica y el Imperio del Japón; acuerdo insólito en la medida en que permitía a los buques extranjeros anclar en las costas niponas y comerciar libremente con los japoneses. Lo cierto es que, tras los EEUU, los países más poderosos de Europa (Reino Unido, Alemania, Francia, Rusia) quisieron también obtener estos privilegios , y pusieron en marcha toda su maquinaria diplomática para conseguirlo. De todos ellos, Reino Unido lo logró en primer lugar; después Francia y Alemania.

Utagawa Hiroshige, “Barco extranjero se aproxima al puerto”, c.1853. Library of USA Congress. (Imagen de dominio público)
Utagawa Hiroshige, “Holandés, americano e inglés”, c.1860. Library of USA Congress. (Imagen de dominio público)

España en esos tiempos era un país europeo  de segundo orden, pero aún con importantes posesiones coloniales en el Pacífico: islas Filipinas, islas Carolinas, islas Marianas. El gabinete de Isabel II, en vista de lo lucrativo que estaba resultando el comercio asiático de sus homólogos, y ante la amenaza de su agresiva expansión colonial, vio la urgente necesidad de reforzar lazos con los gobiernos de Asia Oriental, en especial con Japón. El País del Sol Naciente estaba muy próximo a Filipinas (desde Yokohama), y su mercado de más de cuarenta millones de habitantes podría dar un impulso a las producciones de Filipinas tales como el azúcar de caña, el aceite de coco, el carey y el nácar, licores y cueros, además de poder llevarles otros productos de la metrópoli como las telas catalanas y los vinos andaluces. Otro de los beneficios que podría tener un acuerdo con Japón (según una idea algo inconsistente) sería fomentar la inmigración de japoneses a Filipinas, un territorio falto de mano de obra dócil y disciplinada.

Como en nuestro país la situación política de la década de 1860 era muy inestable, los primeros intentos diplomáticos fueron fallidos, pues básicamente el Gobierno Civil de Filipinas no conseguía que el gobierno central le diese dinero ni personal apoderado. Fue en septiembre de 1868 cuando por fin España formó una delegación encabezada por Heriberto García de Quevedo y la envió a Japón en un buque comercial extranjero, sin acompañar traductores y con muy poco dinero para regalos. Y, gracias al apoyo en tierra del Embajador de EEUU y a un traductor de la embajada francesa, con el beneplácito del Emperador Meiji, España y Japón firmaron el 12 de noviembre de 1868 el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación. El acuerdo se fraguó en tres sesiones, y está escrito en español y francés.

Heriberto García de Quevedo y el conde Michitomi Higashizuke fueron los responsables de la firma del Tratado de 1868. (Imagen de dominio público)

No vamos a detenernos demasiado en el examen del texto del Tratado. Al margen del apartado económico, lo que destaco es la sorprendente laxitud de las disposiciones relativas a la circulación y establecimiento de los españoles dentro de Japón. Sirvan estos ejemplos:

Artículo 3.°
Desde el día en que entre en vigor el presente Tratado, se abrirán al comercio y a los ciudadanos españoles todos los puertos y ciudades abiertos a los ciudadanos y al comercio de cualquiera otra nación.
Los súbditos de S. M. la Reina de las Españas tendrán el derecho de arrendar terrenos en aquellas ciudades y puertos, residir allí permanentemente, comprar casas y construir habitaciones y almacenes. (…)

Artículo 5.°
Todas las cuestiones que ocurran entre españoles relativas a sus personas o propiedades
en los dominios de S. M. el Emperador (Tenno) del Japón estarán sujetas a la jurisdicción de las Autoridades españolas constituidas en el país.

Lo que caracterizó en general a este Tratado, “copia” de los de otras naciones, fue la primacía del intercambio económico sobre otros aspectos como la jurisdicción sobre los extranjeros o las maniobras militares, cuestiones que quedaron sin desarrollar de forma debida.

 

Un sueño de papel. Qué ocurrió tras el Tratado de 1868

Cuando el Tratado con Japón llegó a Madrid para ser ratificado por las Cortes, ya no había monarquía. En septiembre del mismo año 1868, cuando García de Quevedo se encontraba en plena travesía a Japón,  había estallado la Revolución “Gloriosa” y la reina Isabel huyó, instaurándose una república. La situación en España era de caos y tan pronto como se ratificó el Tratado con Japón, este fue olvidado por el departamento de Exteriores. El Emperador nipón había firmado un acuerdo con un gobierno que ya no existía.  En este contexto, la apatía y el desinterés por los asuntos del Lejano Oriente volvió a España, y los delegados diplomáticos españoles en Japón se vieron de nuevo abandonados, sin protección militar ni apenas buques con que transportar mercancías.

En Manila (Filipinas), comerciantes esperan en el muelle del denominado “Puente de los españoles”, 1890. Library of USA Congress. (Imagen de dominio público)

Por otra parte, es justo decir que Japón poco a poco “enfrió” su entusiasmo por España. A pesar de algún esfuerzo puntual, como el hecho de que el restaurado rey Alfonso XII nombrase al Emperador Meiji Caballero de la Orden del Toisón de Oro (1883), el ya poderoso e industrializado Japón fue perdiendo en los años sucesivos su interés por España, la cual había mostrado muy pronto su debilidad naval y comercial; a ello se añadió la malicia de la prensa británica, que hacía mofa constante de nuestros fracasos. Y también es importante destacar que este enfriamiento se extendía (aunque no en la misma medida) al resto de potencias occidentales. Japón se arrepintió del excesivo “aperturismo” de los Tratados y, por ejemplo, en 1872 se negó a conceder visados a los europeos para viajar por el país, además de reclamar que los acuerdos se revisasen en un sentido más “detenido y serio” (en palabras del Ministro japonés), para que en su territorio se aplicase sin excepción el Derecho de Japón, incluso a los extranjeros. Diplomáticos de todas  las naciones lograron dilatar la revisión de sus Tratados hasta los años 90. Japón, indudablemente, exhibía músculo ante las potencias occidentales.

Emperador Meiji. (Imagen de dominio público)

El asunto más dramático para España en concreto fue, sin duda, el comercial. La colonia de Filipinas, que había soñado con un estatus de proveedor principal de Japón que eliminaría a sus directos competidores (Malaca, Singapur, Siam), estuvo dos años sin recibir en el puerto de Manila ni un solo cargamento con producto español que pudiera ofrecer a Japón. Por otra parte, su propia producción no tuvo la acogida que del Tratado cabría esperar. El azúcar de caña filipino, que constituía un 20% de las exportaciones de la colonia, se empezó a ver amenazado por el azúcar que venía de Vietnam o Camboya y por la remolacha de Francia.

El problema, además, se agravaba por la falta de brazos que trabajasen los campos en Filipinas. La mano de obra japonesa que esperaba el gobierno de la colonia, nunca llegó: la nueva política expansionista y colonialista del Japón Meiji, mostrada con Corea y su interés por las islas Marianas (posesión española), hicieron al gobierno filipino desistir de tal propósito por miedo a que Japón pisase su suelo de forma violenta.

Nakamura Shûkô. “Victoria del destructor japonés Kaiyôjima”, 1894. (©Harvard Art Museum)

En 1885, España no constituía más del 7,14% del volumen de las exportaciones a Japón, entre toda Asia, Europa y Australia, siendo gran parte fruto de ventas indirectas:

(…) si entre este Imperio y España hubiera en realidad un comercio español; pero no arribando buque nacional alguno con cargamentos, es tarea imposible la de precisar datos de un comercio que aún no existe. Cierto que se hace un consumo de consideración de varios productos españoles, en especial vinos comunes y de Jerez, frutas secas, cigarros de La Habana, y cigarros, azúcar, cuerdas y abacá de Filipinas; pero todos estos productos llegan al Japón bajo bandera extranjera, inglesa en la mayoría de los casos, y deben figurar y de seguro figuran en los Estados del Comercio español con otras naciones” (Carta del Delegado español en Japón, 1879)

Azúcar de caña y fibra de abacá, productos exportados por Filipinas desde tiempos antiguos.

Por lo que se puede decir que las relaciones entre España y Japón tras la Firma del Tratado de 1868, al menos desde el punto de vista comercial, fueron un fracaso.

 

Finales del siglo XIX y el Tratado de 1897

En la última década del siglo XIX, España mantuvo una postura de cierto temor hacia Japón, puesto que el imperio nipón se anexionó en esos años las islas de Iwoto, Minami Iwoto y Kita Iwoto, muy cercanas a las Marianas, además de ganar la guerra contra China (1894-1895), gracias a la cual obtuvo Formosa (Taiwán). También Japón se hizo con el contrato de la línea de barcos de vapor entre Manila y Yokohama en perjuicio de España. Sin embargo, los delegados españoles insistían en reforzar las relaciones diplomáticas. Sus esfuerzos se materializaron en la construcción de la primera Embajada española en Tokio, en abril de 1896. La insurrección de Filipinas en el otoño de ese mismo año, generó el recelo (fundado) en España de que los rebeldes filipinos residentes en Japón estaban recibiendo apoyo de algunos intelectuales y militares nipones, y soterradamente, del propio gobierno japonés, que deseaba tener Filipinas como apoyo para expandirse hacia el Sur y Oceanía.

“El gran ataque de Gaipingcheng”, 1895, representa una escena de la guerra sino-japonesa. Library of Congress. (Imagen de dominio público)

Aún en ese contexto convulso, se iniciaron las negociaciones entre España y Japón para lograr un nuevo acuerdo diplomático, que culminarían con la firma el 2 de enero de 1897 del Tratado de Amistad y Relaciones Generales, el cual vino a reemplazar al de 1868. En virtud del mismo, España perdió (como las demás naciones) la jurisdicción sobre sus súbditos residentes en Japón, algo deseado por el imperio desde hacía tiempo. Sin embargo, se reafirmó la libertad religiosa en territorio japonés y la posibilidad de adquirir la nacionalidad japonesa por naturalización.

La materia comercial quedó excluida de este Tratado, aunque en la práctica Japón aumentó sus exportaciones de manufacturas a Filipinas y comenzó a comprar materias primas directamente a la colonia española, a causa de los altos costes que le suponía adquirir estos productos de forma indirecta a través de Reino Unido, Francia o Suiza (problema que también afectaba a la cifra de negocio de España). El establecimiento de una línea de vapores entre Barcelona y Manila (a cargo de Olano Larrinaga y Cía), que permitía un suministro regular de productos españoles, contribuyó a agilizar este intercambio. Durante los años 80 de ese siglo, Japón importó tabaco de Filipinas, y se instalaron varias casas comerciales de importación y exportación en Tokio y Yokohama. Los vinos, el aceite de oliva, el azúcar, el café y el corcho se exportaban hacia Japón, y el mayor grueso de importaciones españolas lo constituyeron las sedas y las piezas de arte japonés (lacas, porcelanas, muebles), como veremos más adelante.

“El Celeste Imperio”, tienda barcelonesa de arte japonés y chino. ( ©Ricard Bru)

Terminamos la crónica en 1898, con la pérdida de Filipinas por parte de España a manos de EEUU en la llamada guerra hispano-estadounidense. La salida de España del archipiélago micronesio distanció a nuestro país de Japón, y las relaciones diplomáticas dejaron prácticamente de existir, recobrando algo de vida durante los años 30 y 40 del siglo siguiente.  En resumen, podríamos decir que la España del siglo XIX no quiso quedar al margen del reparto comercial con Japón, pero estaba lastrada por temores sobre la pérdida de sus dominios en Asia, lo que fue de todos modos inevitable; y por su parte Japón, siendo consciente de que la debilidad de España podría indirectamente favorecer su expansión colonial, no tuvo una actitud abiertamente hostil hacia España, sino que quiso relacionarse con ella de la misma manera que lo hacía con el resto de potencias occidentales de la época, dando un impulso a sus contactos comerciales con nuestro país a finales de siglo.

Esta relación entre Japón y España, de luces y sombras, tuvo un sesgo mucho más positivo en cuanto al intercambio mutuo de su arte y cultura. Pero esto lo trataremos en un próximo artículo.

 

Referencias bibliográficas

Tratado de Amistad, Comercio y Navegación ajustado entre España y el Japón y firmado en Kanagawa el 12 de noviembre de 1868. Disponible en la web de la Biblioteca Digital Hispánica (Biblioteca Nacional).

Togores Sánchez, Luis Eugenio. “El inicio de las relaciones hispano-japonesas en la época contemporánea (1868-1885)”, Revista Española del Pacífico (AEEP), núm. 5, 1995.

Pozuelo Mascaraque, Belén. ” Las relaciones hispano-japonesas en la era del Nuevo Imperialismo (1885-1898)”, Revista Española del Pacífico (AEEP), núm. 5, 1995.

Rodríguez González, Agustín. “España y Japón ante la crisis de 1898. Antecedentes e hipótesis”, Mar océana: Revista del humanismo español e iberoamericano, nº 1, 1994.

 

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