MINZOKU: MINORÍAS ÉTNICAS DEL JAPÓN

Las próximas Olimpiadas de Tokio suponen una oportunidad para Japón de mostrarse al mundo, de nuevo, como una tierra pacífica, segura, con una cultura centenaria y unas costumbres modélicas. Pero también se busca ofrecer una imagen de apertura y diversidad. Esto último tal vez nos pueda extrañar, ya que aunque Japón pueda parecernos un país étnicamente homogéneo (si solo hiciéramos un análisis superficial basado en rasgos físicos), esto no significa que exista una raza japonesa ni tampoco se puede obviar la existencia de grupos minoritarios que, bien por procedencia o bien por otras cuestiones más complicadas de señalar, añadan diversidad a la sociedad.

La realidad es que menos de un 2% de la población censada en Japón tiene el reconocimiento de minoría (1), pero esta cifra es algo engañosa, ya que la ley considera como japoneses a todos aquellos los nacidos en Japón, independientemente de si son hijos de matrimonios mixtos o de sus orígenes extranjeros.

Según la legislación japonesa, aparte de los japoneses propiamente dichos, en el país cohabitan las siguientes minorías (民族, minzoku): los ainu, los extranjeros, los coreanos y los refugiados. Analicémoslos junto a otros, los burakumin y los habitantes de Okinawa.

 

Ainu: los seres humanos

El pueblo ainu (アイヌ) en la actualidad ha quedado recluido principalmente en las islas de Hokkaidô, Sajalín e islas Kuriles, aunque en los tiempos antiguos se extendía también por el norte de la isla de Honshû.  Su origen parece estar en una fusión de las culturas Okhotsk (período del 600 al 1000 d.C.; originada en Hokkaidô) y Satsumon (período del 700 al 1200 d.C.; originada en Honshû).

Hombre ainu. (Foto: Wikimedia Commons)

Dedicados a actividades recolectoras, cazadoras y de pesca, a partir del siglo VII comenzaron a ser expulsados hacia el territorio norte por el avance de los japoneses, quedando a partir del siglo XV confinados en el espacio actual que habitan. A partir de 1604 pasaron a estar bajo dominio directo del clan Matsumae y, poco a poco, fueron dejando sus actividades económicas tradicionales para dedicarse al comercio con los nuevos señores japoneses. Revueltas como la de Koshamain (1457) o Shakushain (1668-72) nos enseñan que la relación no siempre fue pacífica entre ambos pueblos.

Ainu significa “ser humano” en la lengua propia, aunque para los japoneses eran los emishi o ezo (ambas palabras como 蝦夷), los “bárbaros orientales”. Esta definición despectiva hacia ellos indica claramente el trato al que estaban sometidos por sus señores feudales japoneses: confinados en regiones exclusivas en Hokkaidô, tenían además la prohibición de aprender la lengua japonesa así como la de no vestir ropa ainu; incluso los peinados japoneses estaban restringidos para ellos.

El propósito de esta segregación no era otro que el de mantener la diferencia entre las distintas etnias, para así afianzar más la relación entre los señores del Japón y sus vasallos “extranjeros”.

Sólo a partir de 1855, y con el propósito de retener la soberanía nipona de la isla norteña frente a los expansionismos occidentales, la política hacia los ainu cambió para comenzar a asimilarlos; política que continuó con el gobierno Meiji y que propició el cambio de denominación de “bárbaros orientales” a “antiguos aborígenes”. En la actualidad la comunidad ainu prefiere referirse a ella misma como utari (“camarada” en la lengua propia).

Mujer ainu tocando el “tonkori”, instrumento musical local. (Foto: Wikimedia Commons)

Las políticas de asimilación han ido cambiando durante el siglo XX para transformarse en políticas de integración, cuyo objetivo ha sido desde mediados de la década de 1970 impulsar la formación secundaria y universitaria entre los ainu, así como otorgar las ayudas y medios necesarios para el desarrollo económico y la promoción de su cultura propia. A esto hay que añadir el cambio que ha supuesto para las comunidades ainu el turismo hacia Japón, una industria en la que el Gobierno se está volcando y que está propiciando de una forma totalmente nueva la posibilidad de mostrar al mundo el antiguo folclore de los “seres humanos” de Hokkaidô.

No obstante, y a pesar de todos los esfuerzos tanto gubernamentales como civiles, por preservar e integrar a esta minoría, la discriminación sigue existiendo, y así lo muestran los datos de las encuestas llevadas a cabo por el Ministerio de Justicia recientemente.

 

Los ryukyuanos: los habitantes del país de la corrección

Entre la isla de Kyûshû y la de Taiwán se encuentra la prefectura de Okinawa, aunque no siempre fue este su nombre. Durante siglos aquel archipiélago fue conocido como islas Ryûkyû (琉球), o siguiendo el nombre que le otorgaron los chinos, el país de la corrección.

(Wikimedia Commons)
El rey Sho Shin (1465-1526), que llevó a Ryûkyû a su máximo esplendor. (Foto: Wikimedia Commons)

En estas islas se estableció en el siglo XV un reino con capital en Shuri, el cual continuó la tradición comercial que ya mantenían las islas con China, Corea y Japón. En 1609, y ante la negativa del reino a apoyar un ataque japonés a Corea, las Ryûkyû pasaron a estar bajo la administración del clan Satsuma, aunque manteniendo su estatus de reino independiente y sus tributos al imperio chino.

Al igual que en el caso de los ainu, la población ryukyuana se mantuvo separada de los japoneses, continuando su labor comercial y manteniendo sus costumbres. Este papel comercial aporta un matiz muy importante en la comprensión del aislamiento japonés durante el shogunato, ya que ambas poblaciones, al actuar como intermediarios, permitieron al gobierno del bakufu seguir recibiendo no solo mercancías sino también conocimientos del continente astático, pero de una forma indirecta.  No hay que olvidar que todo japonés tenía prohibido establecer contacto con extranjeros, pero esta regla no se podía aplicar a los ainu ni a los ryukyuanos, porque al no ser japoneses podían hacerlo. Este vacío legal permitía que los comerciantes japoneses se beneficiaran de mercancías exteriores sin romper la ley. Por otro lado, al haber existido un reino, un espacio político delimitado, el sentimiento nacionalista entre los habitantes de Okinawa es más fuerte y patente que el que poseen los ainu.

Okinawa. Baile Hanagasa. (Foto: Wikimedia Commons)

La restauración Meiji también afectó al estatus de las islas Ryukyu: a partir de 1872 dejaron de ser consideradas un reino bajo administración japonesa para pasar a formar parte del territorio nacional ya como una prefectura (Okinawa). Las políticas de asimilación fueron similares a las utilizadas en Hokkaidô, dándole especial importancia a la educación y al aprendizaje de la lengua japonesa. A pesar de estos intentos, la idea de no haber sido justamente tratados por los japoneses de las islas principales ha perdurado hasta nuestros días. Además, no hay que olvidar la tensión añadida por la presencia norteamericana de la base de Futenma; la misma viene siendo objeto de críticas por parte de los habitantes de Okinawa debido a problemas de contaminación acústica, medioambiental y problemas de convivencia entre soldados y civiles (2).

Base naval de Futenma, en Okinawa. (Foto: Wikimedia Commons)

 

Los nikkei: descendientes de la emigración

Actualmente puede sorprender a muchos visitantes extranjeros el encontrar un gran número de señales, avisos y otros textos en portugués en la prefectura de Aichi.  Esto es debido al gran número de ciudadanos de origen brasileño que habitan en la región.  ¿Pero a qué es debido?

A principios del siglo XX se produjeron flujos migratorios hacia Asia pero también hacia Latinoamérica, principalmente Brasil y Perú. Tiempo después, ya llegados los años 80, la falta de mano de obra en Japón propició el retorno de algunos de aquellos emigrantes, pero sobre todo de sus descendientes, buscando un futuro mejor.

Karl Yoneda, estadounidense de origen japonés, vivió el problema de los emigrantes durante la Segunda Guerra Mundial. Es un ejemplo del caso “nikkei”. (Foto: Wikimedia Commons)

Al tener parentesco japonés el gobierno les reconoce un permiso especial de estancia, así como facilidades a la hora de instalarse en Japón. Pero no hay que olvidar que a efectos legales y culturales son ciudadanos extranjeros, que han crecido utilizando una lengua que no es la japonesa. Los esfuerzos para integrarlos en la sociedad pasan por políticas activas enfocadas al idioma nipón, así como a las costumbres.

 

Los zainichi: los coreanos de Joseon

Tras la II Guerra Mundial, dos millones de coreanos vivían en Japón. Los motivos por los que existía esta comunidad tenían que ver principalmente con el dominio militar y político que había ejercido Japón sobre la península asiática desde principios del siglo XX (por ejemplo, la necesidad de mano de obra para la industria japonesa). Debido a las tensiones entre el norte y el sur en Corea, y al consecuente estallido de beligerancias, el estatus de estos ciudadanos quedó en el aire, optando muchos por establecerse definitivamente en Japón y no volver a un país que en aquel momento comenzaba a desangrarse por la guerra civil.

Miles de coreanas sirvieron de prostitutas a los soldados japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. (Foto: Wikimedia Commons)

En la actualidad los coreanos se dividen en dos grupos, según su apoyo a alguno de los regímenes de la península de Corea. Los alineados con el gobierno de Seúl forman el grupo Mindan; los que apoyan a Pionyang son el grupo Chongryon. Sobre todo hacia estos últimos, y debido a las tensiones políticas con Corea del Norte desde los años 90, en los últimos años se ha fomentado un discurso que busca la expulsión de los mismos, y desarrollado por grupos como el zaitokukai, que analizamos anteriormente aquí.

“Estatua de la Paz”, situada enfrente de la Embajada de Japón en Seúl (Corea del Sur). (Foto: Wikimedia Commons)

 

Otros grupos: gaikokujin (外国人)

El último grupo de minorías visible lo conforman el conjunto de trabajadores (inmigrantes) que, sobre todo a partir de los años 80, ha ido acudiendo a Japón. En este grupo heterogéneo se integran tanto los ciudadanos occidentales como los de países asiáticos, y si bien es cierto que todos ellos se pueden enfrentar a problemas cotidianos similares en su día a día como inmigrantes, no lo es menos el que, debido a cuestiones de apreciación por parte de los japoneses hacia los distintos países de origen, su situación es distinta. Es por ello que no lo vamos a abordar en este artículo.

 

El caso especial de los burakumin

Hemos explicado las distintas minorías étnicas que pueblan Japón, pero no podemos finalizar sin hablar de una exclusividad japonesa en este tema, los burakumin (部落民), o los descendientes de los antiguos parias del Japón.

Durante el periodo Edo (1603-1867) los individuos que se dedicaban a profesiones consideradas impuras o indeseables sufrieron el rechazo de la sociedad nipona. Trabajos relacionados con la muerte, como el de carnicero, enterrador o verdugo, eran objeto de un fuerte rechazo por diversos motivos, tales como la prohibición budista de matar seres vivos o la sintoísta de estar en contacto con fluidos corporales tales como la sangre.

Liga de Liberación Buraku (bandera)
Bandera de la Liga de Liberación Buraku (Wikimedia Commons)

Hasta 1871 estuvieron sometidos a estrictas normas sociales, que abarcaban desde su lugar de residencia hasta el matrimonio. Apelativos como eta (sucio; 穢多) o hinin (no humano; 非人) eran utilizados para referirse a estas personas, y aunque con el decreto de emancipación del gobierno Meiji las restricciones formales fueron abolidas, la discriminación continúa hoy en día, dándose casos de investigaciones privadas que recurren al Koseki (o Registro Familiar) para asegurar la “limpieza de sangre” con el fin de asegurar o rechazar propuestas de matrimonio, o en la incapacidad de acceder a diversos puestos de trabajo. En la actualidad se ha sustituido el término burakumin por el de dôwa – 同和 (referido no tanto a los individuos como a los distritos buraku), con el objetivo de erradicar el término peyorativo, una medida tímida para un problema serio.

En diciembre de 2016 el gobierno de Japón preparó una ley para poner fin a todo tipo de discriminación hacia este colectivo, aunque desde un primer momento ya han surgido voces críticas (3) desde grupos de defensa de los burakumin para denunciar que la misma es insuficiente y no aporta soluciones reales a los afectados.

 

Notas al pie

 

Para saber más

Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial (CERD): Japón.  Informe periódico de las Naciones Unidas (correspondiente a 2013) sobre los problemas y medidas tomadas contra la discriminación de distintas minorías (en español).

Minority Rights Group International: sitio dedicado a informar sobre las minorías alrededor del mundo.  Contiene información específica de Japón y de las minorías ainu, burakumin, ryukyuanos y coreanos (en inglés).

The Protection of Human Rights: informe de la Oficina de derechos humanos, del Ministerio de justicia de Japón (año 2016), sobre percepción de las minorías en Japón y medidas para llevar a cabo (en inglés).

 

 

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