Los canallas duermen en paz (Warui yatsu hodo yoku nemuru)

El mundo se encuentra blindado de normas, que fueron dictadas para regular la convivencia y garantizar a toda persona el legítimo derecho a prosperar sin dañar al otro. Todos, en principio, debemos respetar las reglas por el bien común. Sin embargo a nadie se le escapa que hay grupos de poder, políticos y grandes capitales, que logran colocarse por encima de la ley. No solo influyendo en ella, sino también burlándola. Precisamente de este asunto tan de actualidad como es la corrupción trata la película que traemos hoy: LOS CANALLAS DUERMEN EN PAZ (Warui yatsu hodo yoku nemuru, わるい やつ ほど よく ねむる).

 

canallas-12-e14880980237232Este filme, dirigido por Akira Kurosawa en 1960, es uno de los gendai geki (drama moderno) que el maestro gustaba de hacer tras rodar una cinta chambara o samurái, en este caso La fortaleza escondida. Parte de la crítica encuadra esta película en un subgénero llamado shakai-mono o cine social, con el añadido de que la cinta fue la primera realizada por Kurosawa al margen de Toho Corp. Sea como fuere, Los canallas duermen en paz es encarnación del más conspicuo cine negro, tan de moda en Hollywood por aquel entonces, y sobre todo, un retrato de la vileza humana cuando están en juego dinero y poder.

 

 

Sinopsis

Un joven discreto llamado Kôichi Nishi se casa con la hija de Iwabuchi, el vicepresidente de una poderosa corporación urbanística de Tokio, y se convierte en el secretario personal de este. Los rumores apuntan a que el amor de Nishi hacia Yoshiko Iwabuchi no es real y que solo busca conseguir dinero y posición social. Entretanto, la sombra de la corrupción se cierne sobre el viejo magnate: evidencias de contratos fraudulentos, comisiones ilegales y el extraño suicidio del director Fukuda hace cinco años, ponen a la Corporación contra las cuerdas. Iwabuchi y sus esbirros tratarán de eliminar todas las pruebas, pero un misterioso personaje les saldrá al paso. ¿Quién es Nishi?

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Administrador que a los treinta no se hace rico, es borrico.” Los grandes beneficiados y los olvidados del “milagro japonés”

El refranero nos dice que, cuando alguien tiene acceso a grandes recursos o se le da poder para decidir sobre los demás, le asalta el vicio de tomar provecho de ello. En Japón se produjo, entre los años 60 y 80 del siglo XX, el conocido como “milagro japonés”, período en el que la economía nipona creció entre un 5 y un 10 por ciento gracias a su enorme fuerza de trabajo, la reconversión tecnológica y (lo más importante) un sistema mixto entre capitalismo y control estatal. Este crecimiento, que convirtió a Japón en tercera potencia mundial, se tradujo también en grandes inversiones internas para el país (ferrocarriles y trenes de última tecnología, canales, presas y puentes), y la transformación urbanística de las ciudades, que habían quedado devastadas en la Segunda Guerra Mundial y que se iban llenando gracias al crecimiento de población provocado por el milagro económico. Se construyeron viviendas de forma masiva, y la gente compraba con la ayuda de préstamos a bajo interés. A pesar de la subida de precios entre los 70 y los 80, se seguían comprando viviendas, por lo que el mercado del suelo eran un jugoso bocado, tanto para las constructoras e inmobiliarias como para el propio Estado.  En este “paraíso” plutónico, no era de extrañar que hubiera tráfico de influencias por parte de funcionarios y encarnizadas luchas de poder por adjudicarse un contrato de construcción.

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En tal contexto se desarrolla la trama de Los canallas duermen en paz. Con la complicidad de dos subordinados, Iwabuchi intentará encubrir su delito. Los hombres que como chivos expiatorios van cayendo a su alrededor, harán aflorar el recuerdo de la oscura muerte de Fukuda, que se arrojó por una ventana hace cinco años. La policía interviene, el escándalo salta a la prensa; a partir de ese momento, Iwabuchi iniciará una carrera para eliminar a otros colaboradores que podrían delatarle. Sin embargo, él no cuenta con la presencia de Nishi, su yerno, que por un misterioso motivo quiere saber la verdad. Por eso, Los canallas duermen en paz es un manual sobre el perfecto corrupto: alguien capaz de robar e incluso de matar sin que se le altere el sueño, con tal de mantener el poder absoluto.

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Esta es también una historia de amor y de odio, o de cómo se compaginan ambos en el corazón de un hombre. Nishi está enamorado de Yoshiko, pero él sabe muy bien que cuando reúna todas las evidencias contra Iwabuchi y consiga delatarlo, la perderá para siempre.

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Hay también espacio para recordar la guerra. Nishi y su amigo-cómplice Itakura sobrevivieron al bombardeo de Tokio y ambos, huérfanos y solos, lucharon por sobrevivir siendo “los sin nombre”, los rechazados. En la devastación de los años de posguerra, tuvieron que labrarse una nueva identidad sin ayuda del sistema. “Gracias a una carreta pudimos ganarnos la vida”, comenta Itakura. “Parece mentira, pero echo de menos aquella época”, afirma Nishi.

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Negro “slow”

Akira Kurosawa nos ofrece en Los canallas duermen en paz una muestra muy típica de su cine: escénica teatral, planos monumentales y simbolismo. Ciento cincuenta minutos se hacen excesivos en esta cinta, y quizá algunos silencios de los diálogos se podrían haber acortado para que el ritmo de la película fuera más ágil. A pesar de ello los actores, todos muy por encima del nivel general de la obra, y varias secuencias de poderoso efecto visual, compensan esta falta. Toshirô Mifune (Nishi) nos sorprende con una interpretación contenida, pero de una intensidad cavernosa, y da la sensación de que la bomba explotará desde dentro. Un casi irreconocible Masayuki Mori (Iwabuchi) refleja a la perfección la avaricia y el cinismo. Takashi Shimura (Moriyama), actor sobresaliente, cumple bien con el rol accesorio que le toca. Y de entre todos los secundarios, perfectamente sincronizados por Kurosawa, aparece Seiji Miyaguchi, el tan recordado “guerrero de rostro pétreo” de Los siete samuráis, que aquí se nos ofrece en la breve pero brillante interpretación de un policía.

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Como he dicho, en esta película hay secuencias de cátedra. Un desdichado asciende por una montaña de azufre humeante, llorando con desesperación, cuando de pronto ve aparecer de entre el humo las piernas de un hombre; la cámara sube y el rostro de ese hombre no es el que habíamos imaginado.  La boda solemne y silenciosa que abre la película, más bien parece un velatorio; de repente, un hormiguero de periodistas sale por una puerta, y estos echan a correr descontroladamente, como colegiales a la hora del recreo.

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Los canallas duermen en paz es una historia de corrupción, hemos dicho. Un retrato amargo y objetivo de las luchas de poder. Pero a pesar de estar encarnado en diferentes personajes, el poder es innominal. Se trata de un dios. No tiene nombre, ni cara, y se transmuta a placer. Los poderosos son a la vez siervos de ese dios. En la escena final, alguien descuelga un teléfono. “Oh, señor, disculpe… es que he estado muy preocupado, y he dormido muy mal esta noche”, dice con cinismo el siervo. El poder, al otro lado del teléfono, no dice nada. Entonces el cínico le adula. “Muchas gracias por todo.”

 

Para saber más

Los canallas duermen en paz. Ficha Filmaffinity

Stevens, Chuck. The bad sleep well: The higher depths. www.criterion.com

Yoneyama, Hidetaka. El grave problema de las viviendas vacías en Japón. www.nippon.com, 27 de octubre de 2014.

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