LA PRIMERA NAVIDAD DE JAPÓN

La primera Navidad, dicen los jesuitas de Yamaguchi, fue una celebración del  siglo XVI que tuvo lugar en un antiguo templo budista, en medio de himnos nocturnos

Por Joji Sakurai

Traducción de María Jesús López-Beltrán

 

En una carta enviada a sus hermanos portugueses, el misionero jesuita Pedro de Alcacova escribe sobre una Misa cantada que se ofreció a los creyentes japoneses en 1552: “Nuestras voces no eran buenas”, afirma. “Aun así  los cristianos allí presentes lo vivieron con gozo.”

Fue una Nochebuena en Yamaguchi, y la paciencia, si no fe, de los conversos japoneses fue puesta a prueba cuando tras entonar cánticos extraños, los misioneros nanban (“bárbaros del sur” como llamaban a los europeos) comenzaron a leer las escrituras en una velada que duró toda la noche y se prolongó hasta el amanecer con el “canto del gallo”.

Madonna del Bambú. Pintura colgante kakejiku llamada "de verano". Se encuentra en el convento japonés de las Carmelitas de la Santa Trinidad en Chofu-shi, Tokio.
Madonna del Bambú. Pintura colgante kakejiku llamada “de verano”. Se encuentra en el convento japonés de las Carmelitas de la Santa Trinidad en Chofu-shi, Tokio. (Fuente: The Mary Page)

Esta es la primera Navidad japonesa de la que se tiene testimonio, y en la subtropical Yamaguchi, situada al sur de la isla de Honshu, la celebración del alumbramiento de la Virgen María fue en cierto modo un encuentro virginal también para los congregados: suscitó sorpresa y agrado (según la crónica jesuítica) además de ser la primera representación de música vocal occidental en Japón. San Francisco Javier – el jesuita que trajo el cristianismo a Asia – había desembarcado en el dominio de Satsuma tan solo tres años antes, ganándose el favor de los señores daimyô y siendo autorizado a predicar y hacer conversiones. Japón se encontraba aún lejos de los períodos de persecución del cristianismo que décadas después tuvieron lugar bajo el hermético régimen Tokugawa – escenario temporal en el que se desarrolla Silencio, la gran novela de Shusaku Endô recientemente llevada al cine por Martin Scorsese.

La mutua fascinación – acompañada de intereses comerciales y estratégicos – aún era palpable. Los daimyô locales abrieron sus territorios a los misioneros para aprender sobre Occidente a la vez que conseguir ventajosos beneficios comerciales con Portugal y España, mientras Javier buscaba aliados en las altas esferas que le ayudasen a hacer conversos en las capas inferiores de la sociedad. Fue un período de significativo y cordial intercambio cultural, a pesar de que los predicadores jesuitas se enfrentaban a menudo con desprecios por la gente del común, siendo apedreados y escupidos en la calle y objeto de todo tipo de burlas.

San Francisco Javier, misionero en Japón. (Fuente: Wikimedia Commons)
San Francisco Javier, misionero en Japón. (Fuente: Wikimedia Commons)
Delegación portuguesa en Japón. Muestra de pintura nanban que se encuentra en el Museu Nacional de Arte Antiga, Lisboa. (Fuente: Wikimedia Commons)
Delegación portuguesa en Japón. Muestra de pintura nanban que se encuentra en el Museu Nacional de Arte Antiga, Lisboa. (Fuente: Wikimedia Commons)

 

Aquella Navidad de 1552 no podía ser más distinta de la Navidad que conocemos hoy. La imaginería navideña occidental actual – los árboles de luces, los renos, el muérdago y otros – no existía en ninguna parte del mundo (y, obviamente, no tenía ese sesgo comercial que impregna los festejos actuales). El emplazamiento de aquella Navidad fue el abandonado templo budista Daido-ji, convertido en el lugar de residencia, culto y predicación de los jesuitas. Fue probablemente de los primeros nanban-dera, o “templos de los bárbaros”, como se llamaba a las improvisadas iglesias situadas dentro de los recintos budistas, con shôji (puertas de papel) y engawa (terrazas) y cuya única señal de distinción era la cruz erigida sobre el tejado cerámico del edificio.

En la Nochebuena, los creyentes nipones eran invitados a pernoctar en las residencias jesuitas, abarrotando los recintos al comenzar una noche de himnos, sermones, audición de las Escrituras y Misas. Con los ojos de hoy, la crónica de Alcacova transmite la imagen de aquella Misa de Nochebuena como una experiencia agotadora, aunque ello no significa dudar del testimonio de los misioneros cuando afirmaban que hubo “gran júbilo” entre los conversos japoneses. Desde el ocaso hasta el amanecer, estos conversos escucharon sermones y lecturas sobre “Deus” – la palabra portuguesa con la que se llamaba a Dios. La celebración completa incluía seis Misas.

El Padre Juan Fernández, importante jesuita que escribió el primer diccionario bilingüe, abrió la sesión de Escrituras esa noche. Cuando el cansancio aparecía, era relevado por “algún joven japonés versado en nuestro idioma”, escribe Alcacova. Con el alba, Cosme de Torres – responsable de la misión evangelizadora tras la marcha de Francisco Javier a la India – ofició una Misa, ayudado por otro sacerdote que leía pasajes del Evangelio y las Epístolas. Tras esta velada de inmersión cristiana, los fieles pudieron volver a casa, y se intercambiaban el saludo de “Natala”- “nacimiento” en portugués.

Pero no acabó ahí. Pronto los conversos nipones regresaron para asistir a una nueva Misa y escuchar pláticas sobre la Creación y el advenimiento del Cristo. “En un país donde a menudo nos llamaban demonios y otras cosas” cita Alcacova “dábamos las gracias al Señor por encontrar tantos y tan buenos cristianos.”

Hubo en Japón conversos ilustres, como el samurái Hasekura Tsunenaga, responsable de la Mision Keichô para España e Italia en 1622 y que fue bautizado con el nombre de Felipe Francisco. (Fuente: Wikimedia Commons)
Hubo en Japón conversos ilustres, como el samurái Hasekura Tsunenaga, responsable de la Mision Keichô para España e Italia en 1622 y que fue bautizado con el nombre de Felipe Francisco. (Fuente: Wikimedia Commons)

Luego en la comida – considerada por Alcacova como un asunto muy popular – hubo tanta gente deseosa de participar que (dice en su carta) “fue difícil albergar a todos dentro de nuestra residencia.”

Los fieles japoneses y los hermanos jesuitas – junto con unos pocos no cristianos – se sentaron juntos a disfrutar del ágape de alimentos preparado por los líderes de la feligresía nipona. La congregación entonces repartió comida entre los pobres, un método visualmente muy efectivo para ganar nuevas almas.

Cristianos japoneses en traje portugués. Pintura de autor desconocido, realizada entre los siglos XVI y XVII. Se encuentra en la obra de Arnold Toynbee "A Study of History". (Fuente: Wikimedia Commons)
Cristianos japoneses en traje portugués. Pintura de autor desconocido, realizada entre los siglos XVI y XVII. Se encuentra en la obra de Arnold Toynbee “A Study of History”. (Fuente: Wikimedia Commons)

 

Esta Navidad de 1552 se considera “la primera Navidad de Japón”. Esto probablemente no sea exacto. Con casi total seguridad Francisco Javier no dejaría pasar la oportunidad  de celebrar la Navidad en suelo japonés en el período que medió entre su llegada a Satsuma (actualmente prefectura de Kagoshima) en 1549 y su salida en 1552, según los historiadores Klaus Kracht y Katsumi Tateno-Kracht. Sin embargo no hay registro de tal acontecimiento. La carta de Alcacova, escrita a sus hermanos estando ya de vuelta en Portugal, es simplemente el primer relato que existe de una Navidad celebrada en Japón.

Desgraciadamente, el informe de los jesuitas no menciona lo que se comió el día de Navidad. En cambio, en una carta escrita por el misionero Gaspar Vilela en 1557, hay un jugoso esbozo de la gastronomía nipona en las primeras fiestas cristianas. Este documento describe una Pascua para la cual se trajo una vaca, y aquella carne junto con arroz fue repartida entre los fieles (este menú es un probable precursor del actual plato de gyûdon). Tales viandas podrían haber resultado exóticas para los conversos, porque en aquellos tiempos la carne de vaca no formaba parte de la dieta japonesa. No obstante, la carta de Vilela dice que “todos comieron con gran alegría.”

Los relatos jesuíticos de las navidades japonesas en los años subsiguientes siguen aproximadamente el mismo patrón. “Hombres y mujeres de clase alta se juntaban en gran número en la residencia sacerdotal”, escribe el misionero Duarte da Silva en una carta sobre la Navidad japonesa de 1553, también en la ciudad de Yamaguchi. “A partir de la una de la mañana, se escuchaban historias de la Biblia – la creación del Cielo y la tierra y el pecado del hombre, luego del diluvio de Noé, la separación de las lenguas, el comienzo de la adoración de ídolos, la destrucción de Sodoma, la historia de Nínive, la historia del hijo de José de Jacob, el cautiverio de Babilonia, los diez mandamientos de Moisés y la fuga de Egipto, luego del profeta Eliseo, Judit, la estatua de Nabucodonosor- y finalmente con la historia de Daniel nos daban las claras del día.”  Tal instrucción sobre el Antiguo Testamento estaba destinada a llevar a las casas niponas la idea de necesidad del advenimiento de Cristo – algo que los conversos japoneses aprendían durante la segunda mitad de la Nochebuena.

Maria Jugo Genjizu. Pintura religiosa cristiana realizada en el período Edo. (Fuente: Museo de la Universidad de Kioto)
Maria Jugo Genjizu (“Árbol del Advenimiento de Dios a María”). Pintura sobre el Advenimiento de Cristo realizada en Japón en el período Edo. (Fuente: Museo de la Universidad de Kioto)

Hubo, sin embargo, dos nuevos aspectos que se fueron incorporando a las Navidades japonesas con el paso de los años. En primer lugar, los creyentes japoneses introdujeron la costumbre de intercambiarse regalos el día de Navidad – y esto fue visto por los misioneros jesuitas como algo extraño a ellos, una tradición japonesa que nada tenía que ver con la suya.

A su vez los jesuitas comenzaron a montar obras teatrales (Autos) de Navidad para dar humanidad a las historias de los Evangelios. Torres y sus hermanos pensaban que serían más fáciles de digerir que largas sesiones de lectura de la Biblia, y por ende una herramienta prometedora para difundir la fe. Tenían razón. Las obras fueron un éxito tan grande que algunas crónicas afirman que el Auto de Navidad lograba reunir hasta dos mil personas. Entre ellas estaban los no cristianos que buscaban un poco de entretenimiento y tal vez un poco de comida. Los jesuitas fomentaron estas representaciones como una forma de expandir la misión. Pero a veces había tal afición a estos eventos que los misioneros tenían que limitar la entrada y solo permitirla “a las personas que hubieran sido introducidas en la fe cristiana”.

La primera de estas obras de Navidad se llevó a cabo en Bungo – la actual Prefectura de Oita – en 1560. La gente viajó desde ciudades y pueblos lejanos para presenciar el evento. Promulgada por creyentes japoneses, la obra contaba la historia de Adán y Eva, y para ello se colocó un árbol decorado con manzanas de oro en medio del escenario, según una carta de Juan Fernández. El conjunto también incluía un establo y cuna para simbolizar el nacimiento de Cristo. Tal era el hechizo hipnótico de la actuación que cuando Lucifer procedió a tentar a Eva debajo del manzano, que según se dice los espectadores -hombres, mujeres y niños por igual- rompieron a llorar. La angustia alcanzó cotas febriles cuando un ángel apareció y condujo a Adán y a Eva fuera del Jardín del Edén. Para los espectadores, el consuelo llegó solo cuando el ángel reapareció ante el primer hombre y la primera mujer – vestida con la ropa que les había dado Dios – y los consoló con noticias de un lejano día de salvación.

Fumi-e o estampa japonesa en relieve de Cristo. (Fuente: Wikimedia Commons)
Fumi-e o estampa japonesa en relieve de Cristo. (Fuente: Wikimedia Commons)

Esta fue la época dorada del cristianismo en Japón. Un período que duró aproximadamente un siglo en el que se estima que los misioneros jesuitas ganaron varios cientos de miles de conversos, y les fue concedida autoridad sobre Nagasaki por Omura Sumitada – el primero de los daimyô convertidos al cristianismo. La nueva religión ganó apoyo durante el período bélico de Sengoku, en el que los jesuitas encontraron protección en los poderosos daimyô a falta de una autoridad centralizada. Algunos señores feudales, como el formidable Otomo Sorin, señor de Bungo en Kyushû, se convirtieron en católicos romanos, algunos de ellos en la creencia calculada de que ello mejoraría su riqueza y poder. “Veían mucho beneficio en todo lo que reportaban los portugueses”, escribe Alessandro Valignano, un destacado jesuita italiano. Incluso Oda Nobunaga, primero de los grandes unificadores de Japón y nada simpatizante con el nuevo credo, dio audiencias a los jesuitas y les concedió una licencia para predicar en Kioto.

Fue Ouchi Yoshitaka, el poderoso y cultivado daimyô del dominio Suo, quien concedió el complejo del templo Daido-ji a Francisco Javier en el año anterior a la primera Navidad registrada en Japón. El regalo fue aún más relevante porque el primer encuentro entre Francisco Javier y Ouchi no había sido positivo, de acuerdo con el historiador John Dougill, autor de En busca de los cristianos ocultos de Japón. Vestido con harapos en su primera visita al poderoso señor, Javier denunció ante él la sodomía como uno de los tres grandes pecados que afligían al Japón, junto con el aborto y el infanticidio. Ouchi sufrió un arrebato de ira; él no era ajeno, dicen los expertos, a las prácticas homosexuales entre señores feudales y sus jóvenes samurái. Para la siguiente visita, en cambio, Javier se arregló y aseo, vistiendo casaca de seda y llevando obsequios occidentales tales como “vidrio tallado, cubertería, vino portugués, un binocular y un telescopio”, según el relato de Dougill; poco después los jesuitas obtuvieron permiso para establecer su primera misión en Japón.

La historia se volvió contra los cristianos en Japón cuando Toyotomi Hideyoshi y Tokugawa Ieyasu completaron la unificación del país. Ellos veían el cristianismo como una amenaza a su poder secular -en parte un legado de las sublevaciones religiosas budistas anteriores- y por ello comenzaron las persecuciones. Los cristianos fueron torturados y forzados a apostatar por medio de un gesto que consistía en pisar una estampa fumie de Cristo; los que se negaban eran crucificados. La era cristiana de Japón llegó a su fin definitivo en 1639 cuando el shôgun Tokugawa Iemitsu emitió el último sakoku – edicto de cierre del país – que prohibía toda interacción con países católicos.

Santa Magdalena, religiosa japonesa martirizada en Nagasaki en 1634. (Fuente: Wikimedia Commons)
Santa Magdalena, religiosa japonesa martirizada en Nagasaki en 1634. (Fuente: Wikimedia Commons)

 

Texto original: Joji Sakurai. Extracto de artículo Publicado en The Japan Times el 27 de diciembre de 2016

Traducción: María Jesús López-Beltrán

Imágenes: Seleccionadas por María Jesús López-Beltrán

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