LEYENDO A KAWABATA (I): EL TAO Y LA ESTÉTICA LITERARIA DEL AUTOR

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Muchas piezas de ikebana exhiben el gusto por la asimetría de la cultura japonesa, que es de procedencia taoísta (http://commons.wikimedia.org)

Uno de los componentes de la cultura japonesa que suele pasar más desapercibido es el Taoísmo. Esta doctrina está muy presente en el núcleo del budismo zen, famoso por su presencia en Japón pero que, en realidad, es de procedencia china (chan, es su nombre original), donde el budismo se sincretizó con parte de las enseñanzas taoístas. Según el Tao, el universo es un órgano en expansión y crecimiento sin finalidad alguna: simplemente existe. La simetría y la planificación le es ajena, a diferencia del cosmos newtoniano, que funciona como un reloj. Esta cosmovisión se refleja, por cierto, en varias artes tradicionales asiáticas y, por supuesto, japonesas, como el ikebana. A diferencia de la simetría perseguida por el arreglo floral occidental, el japonés presenta un principio de asimetría, e incluso desproporción, en un anhelo por captar la auténtica esencia mutable del universo, pues el cosmos es un proceso dinámico, siempre cambiante, y esa es su única naturaleza. Por este motivo, el famoso oráculo del I Ching, ininteligible sin el taoísmo, suele traducirse normalmente como El libro de los cambios. Su significado adivinatorio, lejos de predecir el futuro, muestra la situación consultada en el momento exacto de su patrón de cambio, dando por hecho que las circunstancias siempre evolucionarán: por este motivo, decía Jung, el I Ching siempre ofrece respuestas significativas.

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Para entender a Yasunari Kawabata, objeto de este primer artículo, y a buena parte de la literatura tradicional japonesa, debemos tener bien presente el componente taoísta de esta cultura. Las novelas de Kawabata no muestran el clásico desarrollo comienzo-nudo-desenlace que es habitual en Occidente, sino que capturan un fragmento determinado de la dinámica del universo, materializado en un trozo de vida de unos cuantos personajes, normalmente familiares. Desconoceremos el final de la historia planteada: no sabremos si los protagonistas en cuestión finalmente se casan, si el viejo comete adulterio con la joven, si el hechizante aspecto de la muchacha acaba seduciendo al protagonista… Sea cual sea la historia, Kawabata deja en suspenso la trama para recrearse en los detalles.

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Esta caligrafía, de clara inspiración taoísta, pretende captar un momento de la dinámica y la vitalidad del universo con un solo trazo de pincel. El arte imita entonces el impulso creativo del cosmos. Imagen: es.wikipedia.org

Es maestro en una belleza literaria liviana y sutil, siempre velada e insinuada, como lo mejor de la estética tradicional japonesa: en lugar de cantar la rosa, resultado final de un proceso de floración, algunos valores japoneses como el yûgen (幽玄) o mujô (無常) prefieren representar el proceso de la florescencia, la esencia de la dinámica de cambio de la flor, su fuerza vital que, en realidad, es lo mismo que hablar de la esencia de la transitoriedad vital, entendida como cambio continuo, análogo al universo. Esta representación de la dinámica evolutiva de un ser o un objeto natural ha de hacerse, como no podía ser de otra manera, mediante la sugerencia, huyendo de lo taxativo y de la afirmación categorial, ámbito en el que es un excelente practicante Kawabata.

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Portada de la edición de Austral de El rumor de la montaña, de Yasunari Kawabata. (www.planeta-es/es/austral)

No nos proponemos solo hacer una reflexión sobre estos valores taoístas en la literatura de Kawabata, sino que también vamos a plantear desde hoy, en una serie de entradas consecutivas, cómo podemos aproximarnos a la cultura japonesa a través de sus historias, ya que Kawabata y cultura japonesa (y, en parte, asiática) son dos caras de una misma moneda. El autor ha sido considerado uno de los mejores exponentes de los valores estéticos de su país, y en esa clave nos acercaremos nosotros a su obra.

El primer libro que abordaremos de Kawabata pertenece a su período de madurez: EL RUMOR DE LA MONTAÑA (山の音, de 1954). En él se cumple todo lo que hasta aquí hemos dicho del autor. Es un ejemplo perfecto para adentrarse en las delicadas dinámicas de las familias japonesas, pues nos cuenta una desagradable situación: Shingo y su esposa Yasuko, en la madurez de sus vidas, tienen que soportar cómo su hijo ofende a su esposa, Kikuko, con continuas infidelidades, pues el joven matrimonio se ha ido a vivir con ellos. La compasión de Shingo por su nuera alcanza cotas de una sublimidad que raya lo enfermizo. Kikuko es amable, respetuosa, trata y sirve a Shingo como a un padre, tal y como rige la tradición, lo cual hace aún más miserable su condición de engañada consciente. Además, Shingo está en una etapa de decaimiento vital. Varios amigos suyos están enfermos o mueren en el transcurso del relato, y no puede dejar de fijarse en las jóvenes que, como su nuera Kukiko o su secretaria, aún mantienen firme el impulso vital que caracteriza a su edad. El rumor de la montaña es por tanto una novela con sabor decadente, pero bien destilado por Kawabata para que la experiencia de la lectura tenga unas impresiones estéticas exquisitas. Con estos mimbres es fácil imaginar que Kawabata nos llevará a un viaje intenso a través del momento dinámico del universo que la obra ha elegido como marco, concretamente, la historia de Shingo, en un período de madurez, y de su familia. No podemos esperar, como se ha dicho, un principio claro de la historia ni un final determinante, sino todo lo contrario: la plasmación por escrito de una dinámica vital en desarrollo, sin principio ni fin claros.

La vejez de Shingo le sumerge en una ensoñación, de la que su familia queda desplazada. Imagen: David Alexander Colville, "Anciano mirando al mar"
La vejez de Shingo le sumerge en una ensoñación, de la que su familia queda desplazada. Imagen: David Alexander Colville, “Anciano mirando al mar”


El fragmento que hoy comentaremos es el comienzo del cuarto capítulo, titulado Castañas.

Castañas

-El ginkgo está echando brotes nuevamente -comentó Kikuko.

-¿Y ahora te das cuenta? -Le contestó Shingo-. Yo lo he estado observando desde hace un tiempo.

-Es que usted se sienta frente a él, padre.

Kikuko, que se había sentado junto a su suegro, observaba el árbol, que quedaba a su espalda.

Con el paso del tiempo, los lugares que ocupaban en la mesa se habían vuelto fijos.

Shingo se sentaba mirando al este. A su izquierda estaba Yasuko, mirando al sur; a su derecha, Suichi, que miraba al norte. Kikuko se sentaba de cara al oeste, enfrente de su suegro.

Como el jardín se extendía por el sur y por el este, los mayores ocupaban los mejores lugares. Y las mujeres estaban ubicadas donde mejor les convenía para servir.

Fuera de las comidas, seguían ocupando los mismos lugares establecidos.

Por eso Kikuko tenía el gingko siempre a su espalda.

A Shingo no le gustó enterarse de que su nuera no se había percatado de los brotes fuera de estación, pues eso sugería cierta indiferencia.

-Pero debes haberlos visto al abrir las puertas o al limpiar la galería -sugirió.

-Supongo que sí (…). Desde ahora prestaré mucha atención a todo lo que usted haga y lo imitaré.

Para Shingo hubo un toque de tristeza en su afirmación de que “eso no volvería suceder”.

En toda su vida ninguna mujer lo había amado hasta el punto de querer ver lo mismo que vieran sus ojos.

Yasunari Kawabata, El rumor de la montaña, trad. Amalia Sato. Ed. Austral, pp. 61-62

El fragmento comienza con la apreciación de una curiosidad natural: el gingko (gingko biloba) ha rebrotado fuera de estación. Estamos, por tanto, ante un ejemplo de la asimetría universal manifestada a través de la naturaleza. Shingo, que condensa toda la sensibilidad de un japonés educado en los valores de su cultura, encuentra este hecho sumamente significativo. Entre los valores estéticos tradicionales de Japón existe una admiración por todo hecho insólito o infrecuente, máxime si se trata de un acontecimiento natural. La naturaleza se supone perfectamente programada, regida por mecanismos similares al de un reloj, pero para el taoísmo el universo es un órgano en expansión y crecimiento que sorprende con hechos inauditos, como este rebrotar del ginkgo fuera de su tiempo habitual. Cualquier persona sensible habría apreciado este singular acontecimiento, que sirve para paladear el gusto por la espontaneidad de la naturaleza, capaz de salirse de las pautas marcadas, a diferencia del rígido sistema social. Sin embargo, Kukiko no se había dado cuenta, lo cual causa cierta decepción en su suegro, quien la tiene totalmente idealizada en su belleza e inocencia.

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Unos cuantos ejemplares de ginkgo en otoño. Al final de esta estación, este árbol caducifolio muestra su máximo esplendor gracias al intenso amarillo de sus hojas. La sensibilidad de Kawabata va a vincular la intensidad invernal del ginkgo con la latente pasión hacia su nuera de un anciano como Shingo (http://commons.wikimedia.org)

Ella se muestra totalmente sumisa a su suegro, al que trata como a un padre, tal y como es de esperar en una nuera perfecta. Además, en el argumento de la novela, tras la traición de su esposo, Shingo pasa a ser un protector para ella. Se dirige a él en un registro humilde (que la traducción al castellano no permite apreciar) y asegura, en una frase que desconcierta al lector por casi rozar el erotismo, que desde entonces quiere ver lo mismo que los ojos de su suegro. Tal muestra de intenso afecto perturba a Shingo, quien afirma no haber recibido tal atención de mujer alguna. La tristeza que siente es semejante a la compasión budista por los seres que sufren, pues su nuera no está precisamente en la mejor de las situaciones, y aún así se muestra humilde y obediente. Tanto el lector como Shingo admiran tal muestra de aplomo y firmeza en la delicada Kukiko. De repente, el lector puede conectar la anécdota natural (el rebrotar del gingko, un árbol cuyo apogeo cromático se da en otoño) con la familiar: en la vejez (otoño) de Shingo, la afectividad de su nuera le hace volver a sentirse querido aunque, dados las restricciones sociales y tabúes más comunes, no pueda manifestarse abiertamente agradecido a ese cariño. Como el ginkgo, él también puede rebrotar por dentro, fuera de estación. Este sutil entretejer de naturaleza y sociedad es uno de los logros estéticos más impresionantes en Kawabata, y este fragmento da buena muestra de ello.

Es necesario asimismo observar el rígido protocolo japonés y los roles de género presentes en este fragmento: ellas están sentadas en las posiciones menos privilegiadas porque han de servir y atender la mesa. Dejemos de momento a Kawabata, aunque ofreciendo la promesa de que en la siguiente entrada se abordarán estos aspectos de la cultura japonesa junto a otros que el autor sabe tejer perfectamente en sus apreciados textos.

Hechos estos comentarios, podemos releer de nuevo el fragmento y encontrar quizá otras interpretaciones del mismo. ¿Encuentras algún otro elemento de interés? ¿Qué te ha inspirado este breve texto?

 

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