Romance en Tokio (Tokyo Fiancée)

No podíamos dejar pasar la oportunidad de comentar y analizar el último estreno cinematográfico llegado a la cartelera española, que nos trae la enésima visión sobre Japón desde el prisma amoroso. Se trata de ROMANCE EN TOKIO (Tokyo Fiancée, 2014), cinta franco-belga-canadiense dirigida por Stefan Liberski, que narra el choque cultural sufrido por un occidental al arribar a Japón.

Romance2Romance en Tokio es una adaptación de la novela autobiográfica de la belga francófona Amélie Nothomb Ni de Eva ni de Adán, publicada en 2007. La famosa autora del best-seller Estupor y Temblores reincide en consentir la adaptación al cine de sus novelas “japonistas”. Tanto en la última mencionada como en Ni de Eva ni de Adán, Nothomb nos muestra su controvertida y agridulce relación con Japón y los japoneses, una experiencia que es totalmente propia y personal, para bien y para mal. No en vano, ella nació por casualidad en el país del Sol Naciente durante el tiempo en que su padre, diplomático, trabajó para la delegación belga en Japón.

ROMANCE EN TOKIO cuenta las peripecias de Amélie, una joven belga de veinte años que vuelve a Japón, donde vivió circunstancialmente hasta los cinco años. Amélie, que no recuerda nada del país nipón, va allá con ideas preconcebidas y excesivamente “románticas”, soñando con llegar a ser “una japonesa”. Tras poner un anuncio ofreciendo clases privadas de francés, conoce a Rinri, su primer y único estudiante, un joven japonés con el que entablará un romance. Entre sorpresas, euforias, decepciones y caídas en mitad de un choque cultural, Amelie descubrirá que Japón no es aquello que ella imaginaba.

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El amor entre culturas

Romance en Tokio es básicamente una reflexión sobre el “choque cultural”, ese concepto últimamente puesto en cuestión desde la ingeniería social practicada por los poderes políticos supranacionales, los lobbies del multiculturalismo y los anuncios de Coca-Cola. Amélie y Rinri viven su romance lleno de pasión y fascinación mutua, pero en medio del océano de la realidad son dos islas de sueños completamente equidistantes. Ella europea, él japonés, los dos puros y bienintencionados, son presos de unos condicionamientos sociales y unos valores impresos a fuego desde la cuna, que hacen imposible una verdadera comunicación. Amélie es librepensante e individualista y busca el amor; Rinri es gentil, de liviana personalidad, y busca un compromiso. Caminar a pulso entre los árboles frente a seguir el sendero marcado. ¿Puede el amor prosperar entre dos personas de mundos tan diferentes?

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Si bien de una forma algo exagerada y por momentos estereotipada, el filme de Liberski nos plantea la  (al parecer eterna) dicotomía filosófica Occidente-Oriente: ¿es la libertad individual el único vehículo de la realización personal? ¿o hay otros valores, como la autolimitación y el apoyo en el grupo social, para vivir en la armonía? Parece que la mujer y el hombre japonés, han primado la seguridad grupal frente al libre albedrío, para vivir, y también para amar. La pregunta quizá es mucho más simple: se trata de saber si es posible integrarse en la sociedad de Japón, donde a pesar de la globalización, las personas no se pueden tocar al saludarse, está mal visto hablar durante la comida y hasta para morir hay que tener cuidado de no causar molestias a los demás so pena de multa. Un país donde, por contra, los valores de la familia como refugio frente a la adversidad, la limpieza, el honor y el respeto escrupuloso hacia los demás hacen que los occidentales hayamos mirado a Japón con gran admiración y ciertas dosis de envidia.

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La película muestra este dilema con un equilibrio muy notable entre dramatismo y comicidad. Resulta muy graciosa la escena en que Amélie cena con los amigos de Rinri, todos hombres, en la que ella ejerce de “geisha conversadora” sin comerlo ni beberlo (nunca mejor dicho); o el momento en que el delicado y siempre enigmático Rinri, durante un paseo en bicicleta, revela a Amélie su aspiración en la vida: morir sin molestar.

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“- Debe resultar difícil ser mujer en Japón”. “-También es difícil ser hombre. Tú no sabes nada de Japón”

A pesar del amor sincero que hay entre los dos, parece que conforme avanza la historia, Amélie se siente cada vez más desconcertada. Algo parecido le sucede al espectador. Tenemos la sensación de que cada vez comprendemos menos. Otra cosa que se hace patente en esta cinta es la escasa tendencia de los japoneses a hablar, y a expresar los propios sentimientos. Esto actúa como una barrera casi inexpugnable. En medio de uno de los momentos dulces de la pareja, Amélie se excede de lo tolerable: “- Debe resultar difícil ser mujer en Japón.” Rinri estalla: “- “-También es difícil ser hombre. Tú no sabes nada de Japón.”

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Por experiencias propias o de otros, podemos tantear si en el Japón actual las nuevas generaciones sienten la urgencia de un cambio de rumbo. En el caso de quien suscribe, jóvenes amigos japoneses de veinte años se han quejado frecuentemente, reclamando una sociedad menos encorsetada y más abierta a la libre iniciativa, a otros modos de vida, donde la mujer sea par con el hombre y reparta las responsabilidades del sustento familiar, entre otras cosas. Sin embargo, cabe preguntarse si esto es posible, y más: si esto es lo conveniente. En todo caso, el inesperado-esperado final de la película, que para una servidora da contestación a las preguntas planteadas, nos muestra que Japón, al menos hasta ahora, sigue siendo para los occidentales una incógnita.

Ola de Kanagawa

En el apartado estrictamente técnico, son muy bienvenidas las escenas oníricas, en clave cómica, que son como la voz interior de Amélie, y que se intercalan en la historia. Las imágenes de Japón, el abigarrado y caótico Tokio frente a los bellísimos paisajes del Japón natural y montañoso, se muestran en una fotografía clara y estéticamente estimulante; también los planos de la pareja, en escenas cargadas de sensualidad, están rodados con gran delicadeza (eso sí, quizá se aprecie un exceso de escenas sexuales). La música es excelente, quizá uno de los fuertes de la cinta, con la versión renovada de una canción ochentera que, personalmente, me encanta, y cuyo nombre no diré para no revelar demasiado.

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Destaco finalmente que, si bien se lee por ahí que la película evita los tópicos, en ocasiones cae en la exageración de una serie de costumbres japonesas que ya todos conocemos. Este punto no es nada insignificante. Tengo que admitir que, tras ver Romance en Tokio, aumentó mi desconcierto y (para qué negarlo) desasosiego ante el retrato recién visionado de la sociedad japonesa. Por eso, no estaría de más abrir un debate entre todos los lectores de Japan´s Eye que conozcan Japón con cierta profundidad, por ser japoneses o bien haber residido o trabajado allá, para que discutamos si todo lo que se cuenta, en el filme y en el libro de Amélie Nothomb, refleja la realidad sobre Japón.

¡Hasta la vista!

 

Para saber más

Romance En Tokio. Ficha Filmaffinity

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Pilar Gimenez dice:

    Creo que en una relación los choques culturales como una educación diferente, pueden provocar, como poco, desconcierto. Me atrae Japón como país cívico y educado, pero el no demostrar sus sentimientos en las relaciones, es como si estuvieran en “pose” todo el tiempo. Por eso, es tan difícil la comprensión y la relación de pareja entre un japones y un occidental( como nos muestra la peli). Por otro lado, hay muchas parejas muy felices entre japoneses y occidentales. Felicidades por este análisis de la peli. Gracias!!!!

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    1. Coincido contigo en que por lo general, en Occidente, las personas necesitamos signos externos de afecto, principalmente la palabra. Pero en esta historia de muestra otro asunto no menos importante: el manejo del tiempo en el amor. Quizá en Japón se tiene un concepto más pragmático de la pareja, y hasta ahora ha importado más cumplir con un rol antes que pensar en profundidad en el concepto de amor verdadero. Pilar, ¡Gracias por tu comentario!

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      1. gmontes2 dice:

        A veces me pregunto, si la opinión generalizada acerca de los desencuentros entre nosotros, seres humanos en general, se debe a pertenecer a diferentes culturas, Oriente vs Occidente o sencillamente a diferentes objetivos….Es incuestionable que la tradición “pesa” mucho en la cultura nipona y la reivindicación de la independencia de la cultura occidental no digamos, pero al final, el japones se enamora de una persona situada en las antípodas de su cultura y la occidental quiere ser lo que en realidad no es. “Quien esté libre de pecado….Gracias por vuestros comentarios

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