ESPAÑA, JAPÓN Y… UNA GUITARRA

Evocación de Regino Sainz de la Maza

por Itaru Kobayashi

Itaru Kobayashi con el maestro Regino Sainz en su domicilio de Madrid.
Itaru Kobayashi con el maestro Regino Sainz en su domicilio de Madrid.

Aquel día de 1978, desde por la mañana, estuve todo el tiempo con el diccionario pensando lo que iba a decir, pues tenía previsto hacer una visita al maestro Regino Sainz de la Maza.

Había transcurrido un mes justo desde que llegué a Madrid. Lo pasé visitando la ciudad, los monumentos, los museos, fijando la residencia, practicando el español que había estudiado en Japón. Pero mi verdadero objetivo era otro:estudiar la técnica de la guitarra y la música en general.

En Tokio enseñaba guitarra como sustituto del maestro japonés Yasumasa Obara, con quien estudié los primeros pasos del instrumento. Ya daba recitales. Pero un día tomé la decisión de venir a España, porque no tenía tiempo para estudiar y porque consideraba que la mejor manera de aprender es estudiarlo donde tuvo lugar su evolución. También estaba interesado por conocer la técnica tradicional de España, que tantos excelentes guitarristas estudiaron. Así pues, pedí a Obara que me escribiese una carta de presentación para el maestro Sainz de la Maza, que había sido catedrático del Real Conservatorio Superior de Madrid.

Regino Sainz de la Maza nació en Burgos. Tuvo como maestro a Daniel Fortea, que había sido alumno directo de Francisco Tárrega, cuya técnica le sirvió de base para perfeccionar posteriormente su propia técnica.

Tan conocido como Andrés Segovia, recorrió todo el mundo dando conciertos. Fue dedicado el célebre “Concierto de Aranjuez” por Joaquín Rodrigo y lo estrenó en 1940 en Barcelona. En 1931 había abierto la sección de guitarra en el Real Conservatorio Superior de Madrid, y se dedicó más de treinta años a la enseñanza, hasta ser considerado “el mejor maestro de España”. La mayoría de los más sobresalientes guitarristas actuales, como Alirio Díaz, Jose Luis González, Jorge Ariza y Narciso Yepes, estudiaron con él.

Me preocupaba un poco el pensar si tan gran maestro se dignaría darme clases a mí. Además decían que era una persona muy nerviosa: fumaba puros en clase, se enfadaba en cuanto un alumno se equivocaba un poco. Y así, aquel primero de octubre, día de la visita, estuve sudando desde por la mañana, pensando que se irritaría si no lograba comunicarme bien con él.

Pasadas las ocho y media de la tarde llegué al portal de hierro de la calle de Goya, 105. En el primer piso había una puerta oscura y pesada. Me decidí a apretar el timbre. Salió una señora de cierta edad pero elegante.

–¿Vive aquí el maestro Sainz de la Maza?  –pregunté, mirando a la vez el papel que traía preparado.

La señora sonrió e hizo un gesto con la mano, simulando tocar la guitarra.

―Sí, sí ―contesté yo un poco nervioso.

EL maestro estaba allí. Se oía la guitarra al entrar en la casa, que era antigua y grande, pero decorada con buen gusto. El maestro salió de la habitación. Era delgado, pero tenía buen aspecto a pesar de sus setenta y dos años, y me recibió con una tierna sonrisa.

Se sentó en el sillón, y empezó a leer la carta de mi ex maestro y a continuación me escuchó.

Regino2

Se mostró tranquilo y amable, y desde luego no gritó, como yo pensaba que haría. A pesar de mi mal español, me anotó en el cuaderno las cosas más importantes con mucha amabilidad. Fijamos los días de la clase: martes y viernes. Me mandó preparar Aguado y Carcassi. Me pidió que tocara algo, y toqué el 1 de Carcassi. Dijo que lo hiciera más suave y despacio, apoyando sólo las primeras notas de cada frase. Para los alumnos tenía una guitarra muy vieja, con las cuerdas muy usadas: aquello era algo inesperado.  Me acompañó hasta la puerta.

Volví a casa contentísimo. Invité a unos cafés a mis compañeros de piso. Me sentía muy satisfecho de haber superado el primer paso en España.

Las lecciones de Regino eran, como suponía, muy duras. No dejaba pasar una página sin tocarla antes perfectamente. Se veía que estaba muy seguro de lo que enseñaba. Para él la palabra “compromiso” estaba en función del interés del alumno, no como en Japón, donde los alumnos se consideran clientes. Solía decir:

― No cuesta nada hacer elogios falsos, pero yo no estoy aquí para contentar a los alumnos. Mi responsabilidad consiste en corregir sus defectos y hacerles asimilar la manera correcta de interpretar y la técnica.

Y lo decía así, con un gran sentido del cumplimiento de su misión.

La música no es una cosa que se pueda enseñar. La función del maestro reside en introducir al alumno por el camino adecuado, para que pueda sentirla y asimilarla, sin desviarse por derroteros equivocados. De esta manera el alumno afina su sensibilidad y empieza a cultivar la intuición musical para poder guiarse por sí mismo. Regino no lo decía directamente, pero, enseñando la medida exacta y segura, la claridad del sonido, la línea melódica, la solemnidad de los acordes, intentaba que el alumno intuyera la esencia de la música que se esconde detrás del pentagrama. La base fundamental se construye durante mucho tiempo, pisándola, acumulándola, ensayando una gran cantidad de veces: así empezará a aparecer esa tendencia musical que forja la verdadera personalidad y que finalmente tiene que ir buscando cada uno. Desde este punto de vista, Regino sabía distinguir perfectamente “lo que se puede enseñar” y “lo que no se puede enseñar”. Exigía mucho sobre lo primero, pero en lo tocante a lo segundo, parecía que esperaba a que madurase antes lo otro.

Sin embargo, en este extraño mundo, existe una raza de hombres que triunfa sin pasar por ese proceso de la enseñanza antes referido. Son esos hombres que llamamos “genios”. Ellos ya saben “lo que no se puede enseñar” pues después aprenden “lo que se puede enseñar” por la necesidad que sienten de realizarlo. Por eso su tiempo de aprendizaje es muy corto y rápidamente se perfeccionan todo lo necesario. La anécdota de Mozart que lo pinta componiendo a los seis años tiene fácil explicación: le bastó un poco de estudio de armonía para realizar la inspiración musical que ya llevaba dentro de sí.

Primer concierto de Itaru Kobayashi en Tokio.
Primer concierto de Itaru Kobayashi en Tokio.

Ellos normalmente son torpes enseñando, porque les costó muy poco aprender “lo que se puede enseñar”, y por consiguiente lo juzgan poco importante. Y así, les falta capacidad para la enseñanza. El que nació en la cumbre de la montaña no sabe guiar a los que tienen que subir desde abajo: simplemente los esperará. Por el contrario, el que logró subir todo el camino poco a poco, ése sí que sabe indicar el camino a los que se equivocan.

En este sentido Andrés Segovia es un buen ejemplo. Su música, producida por esos dedos tan poderosos y flexibles, es brillante, está llena de vida e inspiración. Pero, cuando asistí a un curso que se dio en Santiago de Compostela, me di cuenta de que era casi nulo como profesor. Hundido profundamente en un sillón, con su bastón de empuñadura de oro tallado entre las manos, sólo decía si le gustaba la interpretación o no. Era indiferente a todos. El único fruto apreciable era el haber podido tocar delante de él. Pensé entonces que en este mundo no habría ninguna persona que pudiera llamarse “discípulo de Andrés Segovia”.

Pero Regino era diferente. Era una persona que había nacido en la cumbre de la montaña, pero supo bajar de ella para guiar. Poseía, aparte de su excepcional sentido musical, una gran capacidad analítica, que le servía para detectar rápidamente los defectos del alumno y corregirlos adecuadamente. Nunca dejaba que nadie se llevara a casa los problemas, sino que intentaba corregirlos en el momento, haciendo repetir y repetir al alumno. Plenamente dedicado a enseñar, tenía una paciencia increíble, y era tanto más exigente cuanto más talento demostraba el alumno. Sin embargo, cuando tocaba bien, se ponía muy contento y esbozaba una sonrisa muy tierna, una sonrisa llena de cariño. Confieso que quizá seguí estudiando con él por el deseo de llegar a ver esa sonrisa.

Estudiar con Regino, sin embargo, requería ante todo una cosa: era preciso aprender a estudiar con él. Hacía falta que el alumno tuviera un instinto y un sentido de la observación suficientes.

 

Lento, pero asimilando las cosas más importantes, llegó el verano. En Madrid hace un calor terrible. La mayoría de la gente se va de vacaciones. Regino tenía la costumbre de pasar el verano en Santander, donde poseía un chalet. Yo pensaba viajar en Agosto a Andalucía, y luego fui al chalet para seguir las clases.

Llegué a un sitio llamado Cabezón de la Sal. Es un pueblecito que está a una hora de tren de Santander. El chalet estaba en Luzmera, una aldea a seis kilómetros de allí, no en la zona típica llamada urbanización de chalets, sino en un caserío de campesinos.

No había autobús ni tren, y fui en taxi. Regino estaba dando un concierto en Madrid, pero su mujer me llevó amablemente a una fonda que conocía. Era un mesón grande, alejado de ambos pueblos. Abajo había un bar y arriba tenían las habitaciones. El único huésped era yo. Era una casona antigua pero preciosa, con el interior de madera y lleno de tiesto. Desde allí hasta el chalet había tres kilómetros. Fui a Cabezón y alquilé una bicicleta.

Vistas de Cabezón de la Sal (Cantabria)
Vistas de Cabezón de la Sal (Cantabria)

Cabezón es un pueblo muy tranquilo. La diferencia entre el pueblo y la ciudad es notable: en el pueblo la gente vive en la naturaleza, en contacto con el campo y las montañas, mientras que en la ciudad uno se ve obligado a vivir entre edificios, coches, ruidos, ausente del paisaje. En cambio aquí abro la ventana por la mañana, y tengo un árbol enorme cuyas hojas se rozan. Por la noche bebo un trago de vino escuchando el cántico del viento. Casi te olvidas de que vives en el siglo XXI. Si no hiciera nada aquí, mi sincera impresión sería la de morirme de aburrimiento: pero no es algo pesado, sino únicamente la sensación del tiempo que corre. A lo lejos se ve como un punto el pueblecito vecino; lo demás son verdes colinas y las olas doradas de los campos de maíz.

Allí me cundió mucho el estudio, y el ambiente tan trascendental me hizo pensar no sólo en la música, sino también en muchas otras cosas. Me gustó el lugar y volví a ir tres veranos más.

El chalet de Regino es una antigua casa de campo restaurada. Tiene tres plantas y un enorme jardín. Siempre que subía la escalera, que brillaba con su color negro desde hacía 150 años, se oía la guitarra de Regino. Seguía tocando. La música salía de su guitarra con un sonido filosóficamente transparente, como pintura en blanco y negro, con una fuerza conmovedora por la profundidad con que transmitía su humanidad. Más que exagerar las características del instrumento, lo que intentaba era expresar puramente la música. En este aspecto, más que un guitarrista era un músico.

También como compositor ha dejado varias obras muy valiosas. No muchas, pero todas compuestas con un profundo conocimiento de la belleza de ese instrumento llamado guitarra. La mayoría se basan en temas de Andalucía: Petenera, Zapateado, Rondeña, etc…, obras representativas que se irán tocando a través del tiempo.

Seguí estudiando varios años más con él en Madrid. Cada vez me atraía más su invariable postura ante la enseñanza y su personalidad. Con él aprendí muchas cosas, y no sólo de música, sino también espiritualmente. Así pues, considero a Regino el verdadero maestro de mi vida. Me quería como un hijo más. Con su cálida humanidad me dio una carta de recomendación cuando di un concierto en Tokio.

Mi visión sobre Japón había cambiado. Tras haber vivido aquel tiempo atrás en España, Tokio comenzaba a agobiarme. Así se lo confesé a Regino en una carta que le envié, allá por 1979: “Cada vez que vengo a Tokio, me gusta cada vez menos; hay demasiada industria, ruido, gente consumista, materializada, obsesionados por fabricar y vender…trabajan como locos”. Le dije, con ironía, que quizá me sentía así porque había vivido demasiado tiempo en España, y eso había influido en mi forma de pensar, siendo él una de las personas que más habían contribuido a mi transformación.

Carta de Regino Sainz de la Maza a Itaru Kobayashi, en 1979.
Carta de Regino Sainz de la Maza a Itaru Kobayashi, en 1979.

Volví a ver a Regino cuando regresé a Madrid a finales del año 1981. Pero no me abrazó, no me dijo una palabra.  Me enteré de que se había muerto el día anterior. Tenía ochenta y cinco años.

Fui corriendo al hospital. Regino Sainz de la Maza, rodeado de flores, envuelto en sollozos, estaba mirando el cielo con sus ojos cerrados. Su cara parecía sonriente. Pensé que había sido una muerte feliz y tranquila. Contemplé unos momentos su rostro, pero me sorprendí al ver en sus manos cruzadas las uñas perfectamente arregladas. Quizá pensaba tocar la guitarra hasta en el mismo día de su muerte. Me llenó de tristeza.

Pero estaba muerto realmente, el maestro ya no se movía. Aun así, me alegré de haberlo visto por última vez. Al salir del hospital, aquella cara que miraba el cielo parecía sonreírme a mí, con una sonrisa que me llenó de tristeza y de una extraña satisfacción.

 

Para saber más

Kobayashi, Itaru. Adivinanza de la guitarra. Piano y clarinete.

デラ マーサ 教授の思い出   (日本語)

Itaru KobayashiItaru Kobayashi nació en Tokio (Japón), de padre médico y madre maestra de koto (cítara japonesa). Comenzó a estudiar ingeniería, carrera que abandonó para venir a España, donde se volcó en el perfeccionamiento de la guitarra clásica, su gran pasión. Terminó la carrera musical en el Real Conservatorio Superior de Madrid, comenzando a dar conciertos en Madrid y en Tokio. Su vida familiar dio un duro vuelco, y como consecuencia de ello se apartó temporalmente del mundo de la música para poder criar solo, sin ayuda familiar ni económica, a sus tres hijos pequeños. El músico considera a sus hijos "su mayor éxito", ya que los tres son titulados universitarios y poseen la riqueza de las dos culturas: Japón y España. Tiene en su haber una veintena de composiciones para guitarra, piano, clarinete y música de cámara, algunas de las cuales están publicadas en YouTube. Itaru Kobayashi conserva un genuino espíritu japonés a la hora de concebir muchos aspectos de la vida y cómo no, la música: "la vida de un músico tiene un espíritu semejante al del samurái, pues ambos buscan la perfección técnica en su arte. En nuestro caso, si una nota musical se quebrase, el fallo arruinaría la pieza; en caso del samurái, supondría la muerte".

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