¿PUEDE JAPÓN VIVIR SIN EJÉRCITO? EL PACIFISMO DE KENZABURÔ ÔE

Hoy, cuando más preocupa el debate sobre la remilitarización de Japón, la voz del segundo Nobel de Literatura de su país, Kenzaburô Ôe, adquiere un especial valor dentro del Japón contemporáneo. El autor mantiene una fama de escritor radical desde que en 1994 rechazara el más alto distintivo que el Emperador puede conceder a un civil: la Orden del Mérito Cultural o bunka kunshô. El Emperador quería así agradecer al novelista su labor como el intelectual que, por segunda vez en la historia, había puesto a Japón en lo más alto de las letras mundiales gracias al galardón sueco. ¿Por qué rechazó Ôe este premio? ¿Y qué relación tiene todo esto con el pacifismo? Os propongo encontrar las respuestas a estas preguntas a lo largo de las siguientes líneas, con la excusa de aproximarnos a dos novelas tempranas de este autor japonés (LA PRESA y ARRANCAD LAS SEMILLAS, FUSILAD A LOS NIÑOS) en clave pacifista.

Kenzaburô Ôe. (https://commons.wikimedia.org)
Kenzaburô Ôe. (https://commons.wikimedia.org)

Para ello, debemos conocer primero que Kenzaburô Ôe (Ose, Japón, 1935), como otros tantos escritores en la posguerra (Hiroshi Noma, Yukio Mishima…), gustaron de las influencias extranjeras que iban llegando a Japón tras el fin de la cerrazón cultural que supuso la Segunda Guerra Mundial. Francia, tenida como la cuna del pensamiento occidental moderno, irradiaba desde Europa una filosofía nueva que permitía a los japoneses intelectuales empezar de cero: el existencialismo. Sartre promulgaba entonces que el ser humano era capaz de nihilizar su pasado, es decir, anular todas las experiencias vividas con anterioridad y acometer, siempre que su voluntad lo deseara, un nuevo proyecto vital, una nueva definición de la identidad, ya que el ser humano, a diferencia de los animales y otros seres naturales, poseen consciencia y, por tanto, la capacidad de racionalizar sus vivencias y empezar una nueva etapa.

Esta filosofía tenía un cariz redentor para los intelectuales japoneses de la desoladora posguerra. No es necesario extenderse en detalles, pero la elevada cifra de bajas militares y civiles, la desidia de haber experimentado el primer ataque nuclear de la historia, o el tremendísimo esfuerzo que se había pedido a la población, dan buena cuenta del sufrimiento físico y psíquico al que fue sometido el país. Cargarse de armas filosóficas para poder alumbrar un nuevo futuro, nihilizando el pasado, era esperanzador. Ôe, formado en literatura francesa en la Universidad de Tokio, tuvo en Sartre un claro referente en su primera etapa creativa.

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Despedida popular a unos soldados japoneses que parten hacia Manchuria, en 1931. (https://commons.wikimedia.org)

Una de las sentencias más famosas del existencialismo sartreano afirma que el infierno son los otros. Esta sentencia explica que en el ejercicio de la libre voluntad de mi conciencia, que puede decidir para mi ser un destino u otro, existe una barrera infranqueable: el otro, es decir, la persona o grupo ajeno que puede desestabilizar mi forma de estar en el mundo, sobre todo si esos otros llevan a cabo presiones que acaben por ahogar mi empeño de fundar un proyecto vital propio, y yo acabe por acatar la condición que el otro me imponga.

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Jean Paul Sartre (https://commons.wikimedia.org)

En el peor de los casos, como en las primeras novelas de Ôe, el otro puede ser el Gobierno, el Emperador, el Ejército o cualquier férrea autoridad que impida a sus personajes vivir según su espontánea felicidad, imposibilitada por las miserables condiciones que impone la guerra.

En este sentido, es preciso tener en cuenta que Estados Unidos actuaba entonces como el otro del Japón de la posguerra, pues restringió las posibilidades del país para autodefinirse cuando compuso, literalmente, la Constitución Japonesa que el nuevo gobierno debía aprobar y acatar, y que ha permanecido sin modificación alguna hasta recientemente, cuando el actual Primer Ministro Shinzô Abe abrió el debate. Uno de los artículos más famosos de la Constitución Japonesa indica que el país no podrá mantener ejércitos con fines belicistas. De la salvaguarda de su integridad territorial se encargará Estados Unidos, que además ocupará Japón desde 1945. En la actualidad, si bien no puede decirse que el archipiélago esté bajo una situación de ocupación, la presencia americana sigue siendo muy fuerte en algunas zonas estratégicas, como Okinawa.

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Niños de etnia japonesa nacidos en Estados Unidos son dirigidos a los campos de internamiento donde los americanos recluyeron a la población japonesa hasta que acabara la Segunda Guerra Mundial. (https://commons.wikimedia.org)

Esta cuestión posee un carácter ambivalente, y sin duda muy propio de la identidad histórica japonesa: al tiempo que se cercena la soberanía del pueblo japonés, cuya Constitución es diseñada por una potencia extranjera, Japón se postula (eso sí: por obligación) como un país netamente pacifista. De los pocos sin ejército en el mundo. El famoso escritor Yukio Mishima, por ejemplo, manifestó vehementemente su oposición a lo que entendía como una humillante posición. Su famoso suicidio ritual, el 25 de noviembre de 1970, reivindicaba de hecho la restitución del Emperador como Ser Divino y comandante de las fuerzas japonesas. En el lado ideológico opuesto, Ôe enarbola la condición pacifista de su país, y defiende que la inexistencia de un ejército ofensivo es un avance inaudito en el mundo contemporáneo. Dentro del pacifismo de Ôe también se encuentran otras vertientes más ecológicas, como su ferviente oposición a la energía nuclear, o incluso sus análisis del creciente fenómeno de las sectas en Japón, dos temas que aunó en una de sus últimas novelas, Salto mortal (Chûgaeri, 1999).

PRESA
Foto: Editorial Quinteto/Anagrama

Pero el propósito que hasta aquí nos ha traído no es precisamente su última producción, sino la más temprana, representada por las dos novelas que hemos elegido. LA PRESA (Shîku) obtuvo el prestigioso premio Akutagawa en 1958, y en ella el tema militar alcanza una importancia considerable. El argumento es sencillo, pero desolador: en plena guerra mundial, un avión americano se estrella en las cercanías de una pequeña aldea aislada en un valle. El piloto sobrevive: es un soldado negro. Los aldeanos capturan al soldado y lo encierran en el sótano de la casa del protagonista, un niño que, junto con sus amigos, irán a descubrirlo estupefactos. Este se convertirá en su gran otro: totalmente diferente a ellos, los niños acabarán por entablar con el desdichado prisionero, en lugar del infierno, una entrañable amistad, narrada con sublimidad gracias a la maestría del Nobel japonés. Los aldeanos confiarán cada vez más en el prisionero, que podrá disfrutar de baños al aire libre con los niños, de juegos interminables con ellos, de complicidades y aprendizajes esenciales. Pocos autores he leído que retraten la infancia con la frescura de Ôe. Nos sitúa lejos de una idealización del niño para acercarnos a todos los aspectos del desarrollo y de la personalidad que se activan durante este apasionante período vital. Estos niños aldeanos, revestidos por tanto de toda la espontaneidad que una vida rural, en la naturaleza, les otorga, se emocionan, ríen y lloran con total credibilidad, y también se nos muestran sus actividades más naturales sin tapujos: despulgan graciosamente a los perros de la aldea, e incluso portan las deyecciones del negro a la guisa de una procesión sagrada, pues hasta tal punto llega su devoción por el nuevo amigo. En el siguiente pasaje se muestra esa espontaneidad a través de la narración de un refrescante baño en las afueras de la aldea:

Una vez desnudos como una bandada de pájaros, despojamos al soldado negro de sus ropas y saltamos todos juntos al estanque, salpicándonos unos a otros y lanzando gritos. La nueva idea nos encantaba. El soldado negro era tan alto que (…) el agua sólo le llegaba hasta la cintura. Cada vez que jugábamos a salpicarle, lanzaba un grito de pollo degollado, hundía la cabeza bajo el agua y permanecía así hasta que por fin aparecía escupiendo agua con un aullido triunfal. Chorreando y reflejando los rayos violentos del sol, el soldado negro, en su desnudez, era tan deslumbrante como el pelaje de un caballo negro; era de una belleza inigualable.

La realidad, no obstante, no tarda en invadir esta aldea que, pese a ser idílica por unos días, se halla rodeada por la crudeza de la guerra mundial. Los aldeanos recibirán unas órdenes desde la ciudad que angustiarán a los niños, tan acostumbrados ya a la presencia de aquel precioso compañero. Dejo el dramático final en suspense para el futuro lector, pero advierto de que se trata de una obra tremendamente realista, que no duda en acudir a la crudeza para llamar la atención sobre los horrores de toda guerra, siempre deshumanizadora.

Lo militar es encarnado aquí por el prisionero negro, perteneciente al ejército enemigo de los Estados Unidos. Lamentablemente, su condición de ‘foráneo’ impedirá lo que, en otras circunstancias, habría sido una sincera amistad con los infantes de la aldea, que gracias a él no dejan de descubrir nuevos aspectos de la vida humana. El calado existencialista de Ôe le lleva a escribir una situación donde la libre definición de la identidad de los sujetos aparece coartada por varias otredades: los niños no pueden obrar según un criterio propio por pertenecer a diferentes etnias y por estar subordinados a otras instancias. Si el infierno son los otros, aquí el otro no es el soldado negro, sino los que tejen aquella inmunda guerra que dejó tamaños desastres grabados en la historia de la humanidad. El militar acaba conviviendo en la aldea en circunstancias pacíficas, de manera que Ôe plantea que el origen de la coacción a nuestra libertad no radica en su condición de extranjero, sino en la pertenencia a (y en la existencia de) un ejército cuya lógica militar impide la coexistencia pacífica del soldado con el resto de aldeanos y con los niños, en último término. Si el final de la novela revierte esta situación ideal se debe sin duda a la presión de fuerzas externas.

Volcando ahora nuestra atención en ARRANCAD LAS SEMILLAS, FUSILAD A LOS NIÑOS (Memushiri kôchi), la novela retoma el tema de la militarización de una sociedad en guerra para relatar una ficción mucho más cruel que la anterior. La primera página ya nos abre a un mundo cuyas reglas no conocen la piedad:

Eran tiempos de muerte. Igual que un prolongado diluvio, la guerra descargaba su locura colectiva, que tras invadir el cielo, los bosques y las calles, había penetrado en las personas para inundar hasta los más recónditos recovecos de sus sentimientos. Un aviador rubio (…) descendió repentinamente del cielo y ametralló el patio situado entre los viejos edificios de ladrillo de nuestro reformatorio, y un buen día (…) vimos (…) el cadáver de una mujer muerta de inanición, que se desplomó a los pies del celador jefe (…). Casi todas las noches, y a veces en pleno día, los incendios causados por los bombardeos iluminaban la ciudad o la llenaban de sucio y apestoso humo.

ARR
Foto: Editorial Anagrama

La novela narra las peripecias de unos niños que han de abandonar el  reformatorio donde habitaban tras el estallido de la guerra por temor a los bombardeos. Los niños son trasladados a un pueblo encajonado en un valle donde una misteriosa epidemia está causando estragos en el ganado. Los aldeanos recelan de los nuevos inquilinos, y les ordenan como primer trabajo apilar cadáveres de animales. Al poco tiempo, fallecerá una mujer, la primera víctima humana de la invisible enfermedad. Los aldeanos decidirán dejar los niños a su suerte en la aldea, protegida desde entonces por una barricada que los recluirá allí,  y los pequeños decidirán fundar su propia comunidad: surgen líderes naturales, ciertas normas de convivencia, incluso ritos y ceremonias para celebrar alguna pieza de caza obtenida (la novela recuerda a El señor de las moscas de Golding, también existencialista y escrita poco tiempo antes). Viven una felicidad ilusoria, creyéndose los dueños y autores de su destino. Como en La presa, la realidad terminará destruyendo esta utopía infantil y demostrando la corta existencia de una comunidad así, pues los dueños de la libertad de los niños eran, en realidad, los adultos propietarios de la aldea, que actúan como los otros infernales.

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Un río transcurre por un valle japonés. Ôe sitúa la historia de varias novelas suyas en un valle aislado, reflejo del íntimo aislamiento de toda conciencia humana.(https://commons.wikimedia.org)

Además de la guerra, el tema militar lo encarna un soldado desertor, que se ocultaba por la zona y llega a la aldea. Cuando recuerda a los niños su condición de recluidos, estos prefieren ignorar la guerra y su reclusión, felices en su autogestión. Por eso el protagonista reacciona violentamente cuando el soldado les recuerda su estado:

–La guerra terminará pronto –dijo el soldado–. Y la victoria será del enemigo. […] En cuanto Japón se rinda, seré libre.

–¿Es que no eres libre ahora? En este pueblo puedes hacer lo que te dé la gana. Vayas a donde vayas, nadie te detendrá (…). ¿No eres la mar de libre?

–Ni vosotros ni yo somos libres todavía –me respondió–. Estamos bloqueados.

–¡No pienses en lo que pasa fuera del pueblo! ¡No digas esas cosas! –exclamé, enfadado–. ¡Aquí podemos hacer lo que queramos!

La guerra es el marco idóneo para implantar la crueldad en el corazón de los humanos, y la reclusión es la condición última de todo ciudadano que, en tiempos bélicos, rige sus vidas según sus mortales imperativos. No quiero desgranar el impactante final de la novela, pero es fácil imaginar el destino de quienes se rebelan, como harán el soldado y el niño, contra la autoridad que los recluye, y así se repite el juego existencialista de coartar la libertad identitaria mediante las imposiciones del sistema social más férreo, el activado por la guerra.

Ya para concluir, rescatamos de la siguiente entrevista unas palabras de Ôe sobre su repudia a lo que representa el estamento militar:

 La guerra (…) es la expresión máxima de la violencia y la ignorancia. Japón, por ejemplo, tiene una Constitución pacifista que el Gobierno incumple enviando tropas a otros países como Iraq. No sólo estoy en contra de todas las personas que utilizan la violencia para defender unos ideales, un territorio o una ideología, sino también en contra de la misma conciencia de ejército, personas que no se mueven por iniciativa propia sino según las órdenes que reciben.

Además de esta dura opinión, Ôe siempre ha reivindicado que el Emperador japonés pida perdón por la complicidad y, posiblemente culpabilidad, que esta institución tuvo en los actos perpetrados en la guerra. Símbolo de una alta jerarquía cuya historia estaría manchada, el Emperador recibió la negativa de Ôe a su galardón por este y otros motivos. El escritor no cree en una institución cuya finalidad es homogeneizar la sociedad y mantener súbditos, aunque sea simbólicamente. Es, probablemente, la posición existencialista que más cara le ha costado mantener.

Bandera imperial japonesa, previa a la Constitución japonesa actual (https://commons.wikimedia.org)
Bandera imperial japonesa, previa a la Constitución japonesa actual (https://commons.wikimedia.org)

Tras esta aproximación a la obra de Ôe, sólo queda lamentar que la eventual remilitarización de Japón se produzca, de nuevo, por presiones de otros que, en esta ocasión, son encarnados por países como China o Corea del Norte, con quienes Japón mantiene ciertos conflictos territoriales e históricos. En las pretensiones, no siempre bien justificadas, del Primer Ministro japonés de incrementar el poder militar dentro y fuera del país, y ante una sociedad que asiste a ciertos movimientos belicistas, Ôe queda como una voz aislada, afamada de radical, semejante a la condición de aislamiento que tienen los protagonistas infantiles de las novelas que hemos mencionado. Queden para el recuerdo, al menos, las obras de quienes creyeron en un Japón siempre pacifista, alternativo, y demuestren entonces que el país no es siempre tan homogéneo y uniforme como desde fuera pueda parecernos.

 

Para saber más

García Valero, Benito Elías, El ser y la carne. Existencialismo sartreano en los comienzos literarios de Kenzaburō Ōe. EAE, 2011.

Slaymaker, Doug, Japanese literature after Sartre: Noma Hiroshi, Oe Kenzaburo and Mishima Yukio. UMI, 1997.

Starrs, Roy. Confluences: Postwar Japan and France. Center for Japanese Studies, 2002.

 

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