EL ROMANCE DE LA VÍA LÁCTEA

Portada de El Romance la de Vía Láctea, editado por Chidori Books
Portada de El Romance la de Vía Láctea, editado por Chidori Books

Esta semana tengo el gusto de presentaros un análisis de EL ROMANCE DE LA VÍA LÁCTEA, obra del insigne Lafcadio Hearn (1850-1904), y que nos llega ahora, preciosamente ilustrado, de la mano de la editorial Chidori Books. De Lafcadio Hearn, escritor grecoirlandés que se hizo japonés por convicción, sabemos que ha sido uno de los mayores intérpretes del País del Sol Naciente en toda su historia. Y su impresionante legado literario, de leyendas, poesía y ensayos sobre el mundo oriental, hace que merezca sobradamente un homenaje a través de esta reflexión que realizaremos.

El Romance de la Vía Láctea es una compilación de relatos y leyendas populares del Japón, un repaso de los mitos fantasmales de esa tierra y un par de ensayos, formando un conjunto sorpresivamente heterogéneo. Y aunque a simple vista no se aprecie el objeto del libro, esto es, un fin divulgativo, lúdico, ideológico o todos a la vez, el conjunto no deja de tener un sentido: la fantasía como última fascinación por una vida próxima a su fin. El Romance de la Vía Láctea lo terminó Lafcadio Hearn poco antes de su muerte, y fue publicado en el año 1905.

Sin duda, el protagonista indiscutible del libro es la leyenda de Tanabata, también conocida como el Romance de la Vía Láctea. Es la historia de Orihime, una Princesa del Cielo que se enamora de un joven que conduce bueyes, llamado Hikoboshi; los dos amantes están destinados a vivir separados eternamente,  y sólo se les permite encontrarse una vez al año, cruzando un puente de estrellas en el Río del Cielo, la séptima noche del séptimo mes según el antiguo calendario lunar. Esta leyenda, como tantas otras de origen chino, ha dado lugar a una fiesta de carácter nacional en Japón llamada Tanabata o Festival de las Estrellas. Lafcadio Hearn nos cuenta la historia original, así como sus ulteriores implicaciones culturales, demostrando ser un ávido estudioso del folklore y la tradición de China, como ya se había hecho patente en otras obras suyas como Some Chinese Ghosts, Gleanings in Buddha Fields y Out of the East (que han llegado a España en la forma del libro Fantasmas de la China y del Japón, en 1998).

Vía Láctea sobre el Monte Fuji. Foto: cortesía de duendevisual.wordpress.com)
Vía Láctea sobre el Monte Fuji. (Foto: duendevisual.wordpress.com)

Hearn nos pone en antecedentes sobre la avanzada astronomía china, que se remonta al siglo XVIII a.C. y por la cual ya se conocía la constelación del Águila, a la que pertenece la estrella representada por el joven Hikoboshi (Boyero o Altair), y la constelación de la Lira, donde se sitúa la estrella de Orihime (Vega). Estos astros sin duda dieron pie al mito de Tanabata.  También hace una descripción detallada de la historia de la festividad, la vivencia por el pueblo de Japón: la costumbre de escribir poemas sobre tanzaku de papel de colores, los bambúes, las linternas, las ofrendas de vino y arroz. Pero sin duda es más importante cómo Lafcadio Hearn nos enumera uno a uno los tópicos de la leyenda amorosa-sobrenatural de China: los encuentros a la luz de la luna, el deseo imposible de cumplir, la poesía como exaltación refinada. El autor jalona el relato de Tanabata con delicados poemas tanka del Manyôshû dedicados a los dos amantes, los cuales datan del siglo IX d.C. y emulan los modelos de la corte china. También dedica un espacio al tierno relato del Invitado Estelar, un peregrino que algún verano, torpemente al surcar el cielo,  se interpone entre Orihime y Hikoboshi, las dos estrellas, e impide verlas en su noche de amor.

El Romance de la Vía Láctea. Ilustración interior de Javier Bolado. (Chidori Books)
El Romance de la Vía Láctea. Ilustración interior de Javier Bolado. (Chidori Books)

Además del El Romance la Vía Láctea, una parte  muy significativa del libro es aquella que Lafcadio Hearn dedica a los monstruos y fantasmas más célebres de la cultura popular de Japón. A través de un sucinto análisis de la poesía cómico-sobrenatural de Hyaku Monogatari, el escritor nos acerca a las mujeres-zorro, al fantasma del mal de amores, a los sapos hechiceros; a rokuro-kubi, la mujer del cuello infinito que nos atormenta durante el sueño (representada, entre otros, en los célebres manga de Hokusai, del que hablamos hace unas semanas); a yuki-onna, la mujer de nieve, presente ya en su obra Kwaidan. Hearn nos traslada al mundo marino, donde viven los fantasmas de los barcos (Funa Benkei es una obra de teatro Nô nacida de este mito) y los curiosos cangrejos Heike, entre la fantasía y la realidad. Y nos explica algunos miedos ancestrales, como por ejemplo, por qué los japoneses recelan de las camelias rojas. Todo ello coreado por las onomatopeyas del terror: “keta-keta!”, “hota-hota!”.

Rokuro-kubi. Hokusai Manga. (Wikimedia Commons)
Rokuro-kubi. Hokusai Manga. (Wikimedia Commons)
Yuki Onna. Ilustración de Quique Alcatena
Yuki Onna. Ilustración de Quique Alcatena

El Romance de la Vía Láctea asimismo contiene otros dos relatos fantásticos, del género kwaidan (怪談, tributarios en gran medida de los setsuwa budistas). En La joven del espejo, se contiene el arquetipo de espíritu que habita en una joya u objeto valioso; el agua del pozo y la luz de la luna conforman con este último un triduo que se repite una y otra vez a lo largo de la literatura fantástica del Japón. La asociación de una joya o tesoro con el espíritu que en vida ya lo poseyó, es otro patrón recurrente. Este cuento tiene muchas versiones, entre las cuales una que recomiendo es El Pozo del manantial, que se incluye en el libro Fantasmas y Samuráis, de Okamoto Kidô.

Por otra parte, en La historia de Itô Noritsuke, se habla sobre el destino de los espíritus ávidos, antaño mortales, que vagan errantes entre los hombres por ser esclavos de sus pasiones. Por esta condición, nunca se reencarnan, nunca encontrarán el descanso ni por supuesto el nirvana (en la terminología budista). Normalmente se trata de espíritus femeninos que se aferran al amor de un hombre vivo. Este cuento nos recuerda a La linterna de la peonía, Musume Dôjôji o El caldero de Kibitsu, este último en el libro Cuentos de Lluvia y de Luna, de Ueda Akinari.

Musume Dôjôji. Ilustración cortesía de Ayacata7
Emperador Hirohito de niño sosteniendo la bandera del ejército imperial en 1902.
Emperador Hirohito de niño sosteniendo la bandera del ejército imperial, en 1902.

Hay tres piezas más en El Romance de la Vía Láctea que se desvían de la ficción. Uno de ellos es una breve anécdota vivida y relatada por Hearn durante su estancia en las Antillas, años atrás. Otro es Cartas desde Japón, un breve ensayo escrito muy poco antes de morir, que trata sobre los efectos sociales que estaba teniendo la guerra ruso-japonesa; Lafcadio Hearn destaca cómo el fervor patriótico de los nipones se llevaba al extremo del cinismo, y de qué forma se reflejaba en el ocio de los ciudadanos, que consumían toda clase de productos propagandísticos de la guerra (gorras, soldados de plomo, ropas con diseños bélicos), demostrando que el pueblo japonés es estoico hasta el punto de subyugar sus sentimientos reales ante el supuesto “bien común”.

El tercer elemento, que he dejado para el final saliéndome del orden del libro, es Últimas Preguntas. Es una reflexión en torno a un solo asunto: qué nos ocurre después de morir. Basándose en la filosofía del positivista Herbert Spencer, Hearn pone encima de la mesa la pregunta sobre la naturaleza del alma humana y su retorno al Todo (llamado por Spencer éter cósmico) tras la muerte física. El escritor manifiesta su horror al vacío, el miedo a la extinción, presagiando tal vez la proximidad de su propia muerte. Por eso, personalmente creo que Últimas Preguntas tiene todo el sentido dentro de El Romance de la Vía Láctea. Ante el miedo cósmico que preconiza, Lafcadio Hearn nos ofrece como esperanza la luz del mito de Tanabata:

(…) el encanto de la antigua leyenda a veces desciende sobre mí desde el cielo centelleante para hacerme olvidar los monstruosos hechos de la ciencia y el espeluznante horror del Espacio. Entonces, ya no contemplo la Vía Láctea como ese espantoso Anillo del Cosmos cuyos cientos de millones de soles resultan impotentes para iluminar el Abismo, sino como el propio Amanogawa, el Río Celestial. (…)

Y el cielo parece muy próximo, y cálido, y humano; y el silencio a mi alrededor está colmado del sueño de un amor inmutable, inmortal, siempre anhelante y siempre joven, y por siempre insatisfecho por la paternal sabiduría de los dioses.

El Espíritu de la Peonía, en El Romance de la Vía Láctea. Ilustración de Javier Bolado. (Chidori Books)

Por último, quiero destacar la magnífica edición que Chidori Books nos ofrece de esta preciosa obra miscelánea de Lafcadio Hearn. Con abundantes y ricas notas, y cuidadas transcripciones de los poemas antiguos en japonés y en español con el máximo respeto por el original, esta edición de El Romance de la Vía Láctea tiene otro aliciente: las bellas ilustraciones interiores que sirven de ambientación a los diferentes relatos, realizadas por Javier Bolado, autor de Eraide, la Princesa Oscura. Por ser ya un clásico de la literatura japonesa, y por todos estos alicientes, EL ROMANCE DE LA VÍA LÁCTEA merece un espacio reservado especialmente en nuestra biblioteca. Seguro.

Para saber más

El Romance de la Vía Láctea. Lafcadio Hearn. Editorial Chidori Books, 2015.

Biografía de Lafcadio Hearn (recomendable, en inglés)

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. rocioph dice:

    Enhorabuena por tu blog, que tengas mucho éxito. Te dejo el mio si te animas a seguirme http://fotografiarocioph.com/ y mi página de Facebook donde puedes ver más de mis trabajos https://www.facebook.com/empiezaporunsolopaso/
    Espero que te gusten, y si necesitas alguna foto para tus entradas no dudes en escribirme al correo que aparece en “SOBRE MI”. Estaré encantada de colaborar contigo. Muchas gracias!

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    1. Por supuesto, Rocío, te leeré. Bienvenida!

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