LA NOVIA Y LA MUERTE

Cuando tras muchos años sin pisar mi tierra regresé a Ozu para asistir a una boda, vi por primera vez una novia que no vestía de blanco. En sustitución de la prenda ritual que yo siempre había conocido, sobre su cuerpo llevaba cuatro kimonos: primero, uno de color rojo y negro, sobre él uno verde, después uno dorado, y finalmente, un azulón con una escena del paraíso. He de admitir que al principio esta situación me extrañó enormemente. Y al preguntar intrigado el motivo, me contaron esta increíble historia.

La novia_Ogata Gekko

Hace ya mucho tiempo, en la ciudad vivía la hija de un poderoso daimyô. Este, a pesar de sus privilegios y riquezas, era paciente y magnánimo. No así su heredera, una joven caprichosa y displicente a la que su padre quería casar lo antes posible. El señor amaba a su hija y quería para ella un buen matrimonio; el futuro marido habría de ser un hombre fuerte pero de buen corazón, capaz de soportar las veleidades de la joven dama. Por ello, el daimyô hizo venir a su casa miríadas de candidatos. A la fortaleza acudieron jefes samurái, médicos de la corte imperial e incluso ricos comerciantes, hombres todos ellos de grandes cualidades.

Pero la princesa, caprichosa y voluble, rechazaba uno por uno a aquellos pretendientes; en todos ellos encontraba defecto.

Un día su padre, a quien se le agotaba la paciencia, le advirtió que pronto forzaría un matrimonio si ella no se decidía. Ante lo cual la joven reaccionó.

-¡Padre! Si deseas mi bien, convendrás conmigo en que al hombre se le ha de probar la sabiduría. Quiero hechos…no palabras vacías.

Y, convocando ella misma a sus emisarios, anunció:

Hago saber, para que circule por mis tierras a lo largo y ancho

que someteré a mis amantes a una dura prueba,

y sólo al ganador entregaré mi mano.

A ella el virtuoso ha de traer estos tres dones:

el fuego y el agua, que se toquen sin destruirse;

un ser vivo, no hombre, pero que hable el lenguaje del hombre;

y entre las manos, una luz que habita en el cielo.

La dama estaba convencida de que ningún hombre superaría tal desafío.

 

Se presentaron en el castillo tres hombres: un anciano monje, un joven campesino y un samurái. El viejo bonzo, a la sazón un sabio que se había dedicado a resolver koan toda su vida, no deseaba esposa, sino dar el último paso hacia la iluminación; el joven agricultor, frágil e inexperto, albergaba en su inocencia la esperanza de redimir con amor el duro corazón de aquella mujer. Por su parte, el samurái, bravo y violento, sólo ansiaba riqueza y poder.

Los tres hombres partieron con el mensaje de la princesa, y sus caminos se separaron en la búsqueda de los inasibles dones. El monje, bastón en mano, tomó la escarpada senda que conduce a los Montes Go, hacia el norte; allí encontraría la paz mental necesaria para encontrar los misterios de la naturaleza. Pero como era ya viejo y le crujían las rodillas, al intentar subir por las ramas de un árbol se cayó y se hizo daño. Sucedió que, cosas del destino, el joven campesino pasaba por allí, desorientado. Vio al anciano y se unió a él, por lo que tras más de siete días caminando por las desnudas estepas y de tener muchas conversaciones, surgió entre ellos la amistad. Cuando juntos se hicieron con los tres dones, regresaron al castillo.

En cuanto al samurái, estuvo a punto de volverse loco intentando aprehender la luz celeste. Tras varios días de meditación, lo intentó todo: lanzó con fuerza un saco al cielo estrellado, mas no consiguió nada; con la fuerza de su espada golpeó el aire, intentando atrapar un resplandor. Todo en vano. Cansado, decidió buscar el siguiente don: un ser que habla y no es hombre. Acechó en el camino a un eta sucio y hambriento, y con engaños lo capturó. Pero sucedió que el paria, aprovechando un descuido, lo mató en la noche mientras dormía. Allí acabó la aventura del guerrero.

El viejo y el muchacho, jubilosos, fueron recibidos por la dama. Uno de ellos portaba la antorcha de aceite que contenía el fuego; el otro, un balde de agua. Los dos habían intercambiado sus ropas, de suerte que el muchacho vestía el sucio hábito del bonzo y este, las calzas y el jubón de labor. El monje habló:

– Mi señora: puesto que todos los seres son uno en Buda, y no hay separación más que en el engaño de nuestros sentidos, ambos, fuego y agua, este joven y yo mismo, nos tocamos pues estamos fundidos en el ser. No hay destrucción posible.

A continuación, el joven tomó una bolsa, de la que salió un jilguero que, posándose sobre la mano del muchacho, comenzó a cantar.

– Venerable, – prosiguió el monje – éste pájaro es un hombre que perdió la condición de tal por sus malas acciones; más su trino son palabras que buscan la purificación de su karma en pos de la siguiente vida.

Después, el anciano abrió su mano derecha. En ella había una figurita de Buda.

– Aquí le presento, mi dama, – dijo- la luz del cielo. Porque Buda es la luz, y en Buda se cumple el cielo, es la realización del todo.

La dama comenzó a reír a carcajadas.

– ¡Anciano! Hay que reconocerte la elocuencia. Has estado a punto de engañarme. ¿Me presentas a un pájaro que emite desesperado los sonidos de sus bajos apetitos? Eso que me muestras no son palabras, ni es hombre.

Aquella mujer era amarga y descreída. Su alma estaba anegada de desprecio.

– Viejo, ¿qué me presentas como luz? ¿Un muñeco de madera? No soy una idólatra. No confundas las cosas de arriba con las de abajo, la luz con la oscuridad. Somos oscuridad, y tú no puedes hacer luz de ella.

El viejo bonzo comprendió que aquel era un caso imposible.

– Y en cuanto al fuego y el agua, ¿crees de verdad que pueden convivir sin extinguirse el uno con el otro? ¡Bien! Si tú eres el fuego y aquel infeliz es el agua… ¡luchad a espada! No moriréis, pues sois la misma cosa, ¿no?

El joven y el anciano huyeron, antes de que corrieran peligro sus vidas.

 

Pasados los meses y cuando el daimyô ya se había rendido, visitó el castillo un joven vestido de blanco. Con un rostro hermoso y cabello corto y negro, pidió ver a la dama. Ésta, intrigada, le concedió audiencia.

Su belleza y su inteligencia conquistaron a la princesa. Humillándose, el hombre le dijo con voz sosegada que había traído con él aquellas “preciadas pruebas que con tanta sensibilidad y agudeza su hermosa señoría había solicitado”.

Sobre un cuenco de agua vertió el desconocido una grasa que, al contacto con el calor, creaba una llama que flotaba en su superficie; así, con habilidad de alquimista, unió el fuego con el agua. Después, tomó una traza de papel de morera y, al acercarlo a la llama, surgieron unas letras que en él había grabadas; así, dijo “el árbol, que no es hombre, habla con palabras de hombre”. Y ante la dama, que al igual que los testigos allí presentes no daba crédito a lo que veía, abrió un frasco del que salió una luciérnaga, que brillaba como un astro; tras mostrar su resplandor, voló y se perdió en el firmamento.

El corazón de aquella mujer cruel se había rendido. El compromiso se anunció enseguida, y el enlace matrimonial se celebraría en tres días. El prometido obsequiaba a su futura esposa con palabras de amor, escuetas y aflautadas, que la hacían soñar.

La novia_Utagawa Kuniyoshi

 

La noche de bodas, la joven dama suspiraba nerviosa. Jamás había visto varón, y aquél hombre, tan hermoso y elocuente por otra parte, era un desconocido. Sobre el lecho nupcial, ella esperó, tumbada y desnuda como una flor abierta. Él apareció.

Llevaba un jubón muy largo, de un blanco como la nieve, que lo cubría por completo. Su sonrisa era…extraña, diferente a otras ocasiones. Su ya esposa lo miró con timidez, y temblorosa, le sonrió.

Él se fue acercando a ella poco a poco y, al llegar a su altura, se transformó. Arrancándose la vestidura blanca, mostró un cuerpo brutal, negro, tatuado hasta el último trozo de piel con horribles figuras. Mientras fijaba en ella sus ojos de cristal, vacíos, agarró  a la mujer por las muñecas con una fuerza descomunal, inhumana. Ella, aterrorizada, intentó gritar, pero de su garganta no salía sonido alguno. Entonces aquel ser, aquel monstruo, la penetró. La joven sintió un calor abrasador y lacerante que se extendía por todos los rincones de su cuerpo, causándole un dolor agudísimo e insoportable. Se estaba calcinando. Él persistió, cruel y ávido, en una agonía que duró sólo unos minutos pues, en poco tiempo, la dama había caído en las garras de la muerte.

Calavera

Pasó una década desde aquel suceso, que conmocionó a la pequeña ciudad hasta el punto de que se prohibió a las jóvenes casaderas leer libros, y se puso de moda entre los casamenteros buscar pretendientes feos y estúpidos para ellas. Y sobre todo, el blanco. Ese color ancestral de los dioses que, según muchos, atraía a las tinieblas.

Es por eso que las mujeres ya no desean vestir de blanco en su noche de bodas. Es el color del luto. Yo así recibí tal historia, y así se la conté a todo el que me quiso escuchar. Y usando mis pinceles, vestí a La novia con los colores de la vida.

 

(Texto: María Jesús López-Beltrán)

(Imágenes: (1) La novia, Ogata Gekko. (2) La novia, Utagawa Kuniyoshi.)

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