EL UNIVERSO DEL TÉ (IV)

Hombre cruzando el Puente Mama. Sumi-e. Hakuin. Siglo XVI. Terebess Gallery (Hungría)
Hombre cruzando el Puente Mama. Sumi-e. Hakuin. Siglo XVI. Terebess Gallery (Hungría)

Viento de otoño.

La silueta de un hombre

solo, de pie.

(Ryôkan, 1758–1831)

El verso y la pintura van de la mano en esta evocación de la soledad. El Zen nos dice que el origen, la respuesta al interrogante del hombre se encuentra, precisamente, en el hombre mismo. Y por eso nos invita a despertar (satori, 悟り). Pero ¿qué es despertar? Se encuentra en dos sencillos adverbios: aquí y ahora.
Monje zen meditando

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No hay más realidad que el momento. Esta idea es capital en la ceremonia del té, porque el chanoyû no es más que el gozo del momento presente: el hombre sintiendo la textura de la taza en sus labios y la tibieza del té en su lengua. “…quien busque en otra parte más allá de sí mismo, tendría que renunciar a su práctica (del chanoyû)”, dijo el maestro de té Shukô Murata.

Pero este “vivir el momento”, objetivo aparentemente sencillo, no es nada fácil. No es libertinaje, porque éste genera esclavitud y dolor. Y del dolor es de lo que huimos. Por eso, la Vía, del té y del satori, supone desprenderse del ruido dando paso al silencio, renunciar al artificio en favor de la naturaleza. La naturaleza es sencilla, imperfecta: sabi. Y aquél que la aprecia es wabi.

Esta introducción se aplica con exactitud a la pintura, a la caligrafía y a la literatura que nacieron paralelas a la ceremonia del té.

 

Pintura. El Zen-ga y su influencia

Es importante aclarar primero que las artes zen, siendo fundamentales, no han sido las únicas inspiradoras de la ceremonia del té. El samurái y maestro Shigenori Chikamatsu aclaraba que antes de la explosión de la cultura zen en el siglo XII, había en las casas kakemono o pinturas de otros artistas no zen con la misma función contemplativa: “Ciertamente sería erróneo pensar en la ceremonia del té sólo basada en el espíritu zen…” (Chikamatsu, Stories from a tea room window). Aún así, nosotros recorreremos la pintura a través de dos artistas muy relacionados con el budismo zen: Tôyô Sesshû y Tôhaku Hasegawa.

        Sesshû (1420-1506), monje zen, fue en la Era Muromachi el máximo exponente del suiboku (水墨): pintura monócroma negra en tinta china. Este estilo, según una corriente mayoritaria, nació de la caligrafía realizada en sumi (墨絵) o tinta china, llamada sumi-e. Importante: no son lo mismo. En el suiboku la tinta se diluye en agua antes de aplicarla al papel; en el sumi-e la tinta se aplica pura. En esta obra que os presento, Paisaje de Invierno, aparecen los rasgos del estilo suiboku, que decoró biombos y correderas de villas feudales, y a escala pequeña, se realizó en formato vertical (kakemono) para adornar la tokonoma de los maestros de té:

Paisaje de invierno. Tôyô Sesshu. Siglo XIV. Museo Nacional de Tokio
Paisaje de invierno. Tôyô Sesshu. Siglo XIV. Museo Nacional de Tokio

 

  • El tema es siempre la naturaleza: montañas, árboles, ríos, animales;
  • Hay un primer plano y un plano de fondo, con funciones diferentes: uno refleja “este mundo”, y el otro es la nada;
  • El fin es sugerir, no representar, por lo que las líneas se concentran en el primer plano, y en el de fondo se diluyen;
  • El espectador es quien “completa” la obra, sosegando su mente y su intuición;
  • La idea de base es la impermanencia, la evanescencia, de este mundo.

 

 

Como gran derivada de este estilo, Sesshû desarrolló el haboku (破墨), donde la abstracción llega al grado máximo, y las líneas curvas desaparecen, dando lugar a un trazo quebrado, ejecutado por instinto más que por cálculo (haboku podría traducirse como “tinta primera”). Esto da a la imagen un carácter enérgico, vivaz y altamente sugestivo:

Haboku Sansui. Tôyô Sesshû. Siglo XV. Myōshin-ji (Kioto). Museo Nacional de Tokio
Haboku Sansui. Tôyô Sesshû. Siglo XV. Myōshin-ji (Kioto). Museo Nacional de Tokio

 

 

  • Sugestión máxima, mínima expresión;
  • El espacio es el gran protagonista, representado por aguadas casi imperceptibles pero que son el foco de atención; el vacío es el que habla.

 

 

 

 

 

Una curiosidad: Sesshû diseñaba también las teteras de la región de Ashiya (actual Fukuoka), piezas muy valoradas por los maestros de té, con sus motivos vegetales.

     Tohakû Hasegawa (1539-1610), pintor favorecido por los templos budistas, supuso la continuidad del haboku en la Era Momoyama, como contrapunto a la floreciente, colorida y pomposa pintura de la escuela Kanô. Hasegawa lleva la abstracción a su punto culminante, como en la magnífica obra Pinos en la Niebla, que os muestro ahora:

Pinos en la niebla. Tohaku Hasegawa. Siglo XVI. Museo Nacional de Tokio
Pinos en la niebla. Tohaku Hasegawa. Siglo XVI. Museo Nacional de Tokio

Aquí, una vez más, el vacío es el camino para la comprensión de la naturaleza. Esta última pintura es perfecta para celebrar una buena ceremonia de té. ¿No os parece? Nos pasaríamos horas y horas exponiendo lo que a cada uno sugiere tan bella imagen.

 

La caligrafía y el té. Trazar el presente

Caligrafía de Muso Sôseki. Siglo XIII.
Caligrafía de Muso Sôseki. Siglo XIII.

“El trazo es expresión de una mente iluminada”, reza una máxima japonesa muy antigua. Iluminación equivale a satori. Pero para alcanzar el satori hay que desprenderse de todo. Pensamientos previos, deseos, temores… Por eso, en el arte de la caligrafía o shodô (“camino para escribir”, 書道) la mente tiene que estar vacía, en calma total. Sólo en ese silencio emergerá ese trazo, único e irrepetible.

Con este postulado, la Escuela Rinzai de budismo zen, allá por el siglo XIII, impulsó un estilo de escritura llamado sôsho, también denominado cursivo o abreviado, que se basaba en el trazo espontáneo, natural, ejecutado con la ayuda de una técnica perfecta pero absolutamente intuitivo. Se oponía en cierto modo a la abigarrada escritura administrativa y funcionarial que imitaba a las cortes de China; aunque actuaron en ámbitos muy distintos.

Sin embargo, el esplendor del shodô y su éxito en los círculos del té tuvo lugar con Sôjun Ikkyu. Ikkyu (1394-1481), abad del templo Daitoku-ji, poeta, bohemio y vagabundo, personaje brillante y polémico de la historia japonesa, fue quien más influyó en este arte durante la Edad Media. Sus poemas y caligrafías colgaban de las paredes de los templos, como herramienta de meditación, y ornaban las tokonoma de los más famosos maestros de té de Kioto, como tesoro del chanoyû. Su estilo se llamó bokuseki (“ráfaga de tinta”, 墨跡), mucho más libre aún que sôsho, como máxima manifestación del vacío absoluto.

Verso en tinta negra. Sôjun Ikkyu. Siglo XV. Exhibido en el Museo Nacional de Tokio
Verso en tinta negra. Sôjun Ikkyu. Siglo XV. Exhibido en el Museo Nacional de Tokio
Tokonoma. Casa de huéspedes Kyngyoya (Kioto (Foto: Tripadvisor)
Tokonoma. Casa de huéspedes Kyngyoya (Kioto (Foto: Tripadvisor)

 

No hay pilares

en la casa en que vivo;

tampoco techo.

No la moja la lluvia.

No la golpea el viento.

(Un puñado de poemas, Sôjun Ikkyu)

 

 

Poesía en el rôji

Pino en la nieve. © Elena Elisseeva. (www. photaki. com)
Pino en la nieve. © Elena Elisseeva. (www. photaki. com)

 

Jardín de nieve

Flores de seis pétalos han cubierto el suelo

y todo está congelado,

cielo y tierra han desaparecido en este único,

puro color;

un pino y un cedro junto a los escalones de piedra

aún lucen su verdor;

Shen Kuan (*) habrá perdido la visión

de su vaso.

(Sun at Midnight, Musô Soseki – Traducción al castellano: María Jesús López Beltrán).

 (*)Shen Kuan: monje budista del siglo VI dc, discípulo directo de Bodhidharma. 

       Musô Soseki (1275-1351) expresa a la perfección, con este poema, la belleza del momento. Si observamos, habla en presente; habla de desaparición de las cosas, en medio de un color único que todo lo envuelve. De ese gran vacío emerge, tímido, el pino como símbolo de la existencia humana. Soseki, monje zen de Kioto y protegido del shogunato Ashikaga, fue artífice de una poesía contemplativa y esencial, que traza en pinceladas breves, como el pintor, un instante, un momento irrepetible y fugaz como la vida misma.

¿No se nos parece su verso al de Rikyû?

Otoño en el lago Baikal. © Diego Calvi. (www.photaki.com)
Otoño en el lago Baikal. © Diego Calvi. (www.photaki.com)

Miro más allá;
no hay flores,
ni hojas tintas.
Sobre la playa
una choza solitaria aguarda
en la débil luz
de una tarde de otoño.

(Poema de Sen no Rikyû en El libro del té, de Kakuzo Okakura)

 

Reflexiones

Las manos de pintor y calígrafo, así como la boca del poeta, se aúnan así para loar a la naturaleza y a la esencia de las cosas. Contemplo la pintura, y tomo un sorbo de té; mientras, la vida, o lo que conocemos como tal, pasa. Pero no me preocupa en absoluto. Porque el pasado ya no es, y el futuro queda lejos. Sólo el presente está dentro de mí.

 

Fuentes

*Bibliográficas

Sabi-wabi-zen. El zen y las artes japonesas. Raymond Thomas. Ed. Visión Zen, 1983

Japón y su arte, I. Arquitectura, jardinería, pintura y escultura. Desde los orígenes hasta 1868. Javier Vives Rego. Edición Kindle Amazon

Stories from a tea room window. Shigenori Chikamatsu. Ed. Tuttle Publishing, 1982

El libro del té. Kakuzo Okakura

Shodô history. Yuko Solana. www.zenshodo.com

Sun at Midnight: Muso Soseki – Poems and Sermons, Translated by W. S. Merwin

Un puñado de poemas- Sôjun Ikkyu. Traducción de Aurelio Asiaín. www.issuu.com

*Recursos Web

Museo Nacional de Tokio   www.tnm.com

Terebess Gallery   www.terebess.hu

Tripadvisor    www.tripadvisor.com

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Hortensia dice:

    Me ha parecido precioso y muy relajante

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    1. ¡Vaya! Entonces es zen. Besos

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  2. Itziar Fernandez dice:

    Un placer leerte siempre, esté donde esté. Enhorabuena.

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    1. Muchísimas gracias…¡con una seguidora así da gusto! Abrazos

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